La ansiedad es una respuesta normal ante el miedo o el estrés; no obstante, cuando la preocupación se convierte en constante ante situaciones que la persona considera amenazantes o complicadas, incrementa y puede convertirse en un asunto que requiere atención profesional.
Karen Bustamante, académica de la carrera de Psicología de UNAB, sede Concepción, explicó que “estas amenazas pueden ser, concreta, como pensar en que me irá mal en un certamen; difusa, como presentir que algo puede salir mal, o inconsciente o no identificable, como sentir que algo me pasa, que estoy inquieto, pero no sé por qué”.
La docente explicó que la ansiedad tiene un componente principalmente mental, encontramos pensamientos recurrentes, dificultad para “desconectarse” y sensación de alerta prolongada; cuando se vuelve persistente, intensa o se presenta sin un motivo claro, puede interferir con la vida cotidiana de la persona y convertirse en motivo de consulta.
¿Cuándo asistir con un especialista?
La docente precisó que los síntomas pueden variar de una persona a otra.
“Se presenta una combinación de síntomas, como agitación, sensación de amenaza, latidos del corazón acelerados, tensión muscular, problemas para respirar, malestar estomacal, sudoración, temblores o mareos, irritabilidad o dificultades para concentrarse, así como alteraciones en el sueño”, sostuvo.
Sin embargo, Bustamante explica que los síntomas no son suficientes para hacer un diagnóstico, por lo que aconsejó asistir con un especialista cuando la ansiedad se vuelve frecuente.
“Aparece una sensación constante de malestar difícil de manejar; interfiere en áreas significativas de la persona como las relaciones, el desempeño académico/laboral o actividades cotidianas”, manifestó.
En esos casos, la profesional recalcó que la persona evita situaciones importantes para reducir el malestar y experimenta un aumento marcado del temor, la tensión o la sensación de pérdida de control que interfiere en la vida cotidiana.
“Es muy importante consultar con un profesional de la salud mental a tiempo, ya que esto permite recibir la orientación adecuada”, aseveró.
Observar a niños y adolescentes
Los niños y adolescentes también pueden padecer ansiedad y se manifiesta de manera distinta a la de los adultos, señaló Bustamante.
“Esto se debe a que su cerebro aún está en desarrollo, especialmente áreas como la amígdala (relacionada con la respuesta al miedo) y la corteza prefrontal (encargada del control emocional y la toma de decisiones) por lo que las reacciones a situaciones estresantes tienden a ser más intensas, menos reguladas y, a veces incluso, más difíciles de verbalizar”, puntualizó.
Además, agregó que la ansiedad en etapas tempranas del desarrollo está influida por el entorno: la seguridad emocional, el vínculo de apego, las dinámicas familiares y la presión social o escolar.
Por todo esto, la docente UNAB sostiene que los cuidadores deben estar atentos a cambios en el comportamiento, observar síntomas como dolores de estómago, de cabeza o dificultades para dormir; validar sus experiencias y ofrecer espacios donde puedan nombrar lo que sienten.
Además, mantener una comunicación abierta y evitar presiones excesivas o exigencias desproporcionadas.
Agregó que “Cuando los síntomas persisten o afectan su desarrollo y sus relaciones, es fundamental una evaluación clínica especializada”.
Estrategias
Karen Bustamante explicó que la ansiedad no atendida tiende a intensificarse con el tiempo y entre sus posibles consecuencias están la dificultad para estudiar, trabajar o relacionarse.
Además, existe el incremento de conductas de evitación, por ejemplo, dejar de frecuentar algún lugar, afectación del bienestar físico, debido al mantenimiento prolongado de tensión y el deterioro de la autoestima y del sentido de eficacia personal.
En algunos casos, la aparición de otros cuadros emocionales asociados, como estados de ánimo deprimidos y problemas para conciliar o mantener el sueño con la correspondiente consecuencia que esto tiene para el organismo.
La docente sugirió estrategias de autocuidado como pausar y respirar conscientemente, favoreciendo la recuperación del equilibrio corporal.
Por otra parte, observar las emociones sin juzgarlas, organizar rutinas que incluyan descanso adecuado, alimentación regular y momentos de desconexión, realizar actividades que aporten bienestar y limitar la sobreexposición a estímulos estresantes.
“Estas estrategias no sustituyen la intervención clínica, pero pueden ofrecer alivio y favorecer una mayor sensación de estabilidad emocional”, concluyó la profesional.
























