Alejandro Astorquiza Sáez

Académica Ingeniería en Negocios Internacionales

Universidad Andrés Bello, Concepción

 

Cuando un grupo de mujeres decide ayudar a otras mujeres, no solo organiza una campaña, sino que, además, activa una red social que muchas veces permanece invisible. En la contingencia de los incendios de Punta de Parra, Lirquén y Penco, un equipo de mujeres —que en su mayoría no se conocía— se miró, literalmente, “al espejo” y decidió reunirse para entregar dignidad a otras. Ese gesto, aparentemente simple, permite pensar el Día de la Mujer como una fecha para observar qué sostienen las mujeres cuando el entorno se quiebra.

En contextos de emergencia, la ayuda suele medirse en alimentos, frazadas o techo. Todo eso es urgente, claro. Pero también hay necesidades que no se anuncian, porque están ligadas al cuerpo, a la intimidad y a la autoestima, y suelen recaer en el silencio. Ahí aparece la idea de entregar una cartera con objetos cotidianos que permiten recomponerse, salir al mundo y reconocerse de nuevo.

La propuesta se organizó con una líder que inspiró, comunicó y convocó. Esto no es menor, el liderazgo comunitario femenino opera muchas veces sin jerarquías formales, pero con una alta capacidad de coordinación y confianza. La campaña lo mostró con una claridad casi pedagógica. Eran mujeres trabajadoras, de distintas edades y realidades, ofreciendo tiempo, energía y recursos sin pedir credenciales a cambio.

“La Cartera Solidaria” no fue un símbolo vacío, fue un dispositivo concreto de cuidado. Contenía cosas pequeñas, pero cargadas de sentido, porque hablan de higiene, salud y también de identidad.

¿Es cursi decir que una cartera puede devolver seguridad? No lo creo. En este caso funcionó como un “mínimo vital” para recuperar autonomía, guardar remedios, ordenar documentos, salir sin sentir que todo se perdió. La vida cotidiana está hecha de esos soportes discretos; cuando faltan, se nota.

Lo más interesante ocurrió al cierre, cuando quienes participaron se conocieron y compartieron historias. Ahí se vio la trama completa: madres, hijas, parejas, mujeres con trabajos remunerados y con trabajo doméstico no remunerado, todas atravesadas por la misma pregunta práctica: “¿qué necesita otra mujer para volver a ponerse de pie?”. Ese cruce revela algo que el enfoque académico ha discutido por décadas y es que la economía del cuidado existe, aunque no siempre se contabilice.

Las entregas no fueron solo algo logístico. Fueron escucha, abrazo, contención y, a veces, el espacio para desahogar lo que no se pudo decir en medio del humo y la pérdida. Quien recibió la cartera recibió también un mensaje: “te veo, importas, tu bienestar no es un detalle”. Y quien la armó confirmó que ayudar no es caridad distante, sino vínculo.

Por eso, el Día de la Mujer puede leerse aquí como una práctica, no como un eslogan. Nos recuerda que ser mujer no es una esencia romántica, sino una experiencia social compartida, muchas veces marcada por cargar con otros, y también por la capacidad de organizarse para sostener vidas. En campañas como esta, la dignidad no se proclama: se arma, se limpia, se entrega y se acompaña.

 

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