El pasado jueves 14 de mayo, Santiago vivió un episodio inusualmente intenso de contaminación y se posicionó como una de las ciudades con peor calidad de aire en el mundo. El impacto de estos días críticos suele medirse en lo evidente. Vemos irritación respiratoria, crisis asmáticas y un mayor riesgo cardiovascular que afecta especialmente a niños, personas mayores y pacientes crónicos.
Pero lo más inquietante de la contaminación es lo que no se ve. Mientras el smog entra por los pulmones, también activa procesos inflamatorios y vasculares que pueden alcanzar directamente al cerebro. Ese costo silencioso resulta menos perceptible que la tos o la falta de aire, pero deja una huella profunda en nuestra biología: acelera el ritmo del envejecimiento.
La idea central apunta a que el cerebro envejece con el ambiente que habita. Este órgano respira, se inflama y se adapta al mismo mundo que el resto del cuerpo. La evidencia científica reciente lo resume de forma muy potente. El envejecimiento no depende solo de los años vividos, sino de los ambientes que el cuerpo tuvo que soportar. Cuando la carga ambiental se acumula, puede acelerar drásticamente el deterioro funcional, cognitivo y cerebral.
Este es precisamente el desafío que investigamos desde el Latin American Brain Health Institute (BrainLat) de la UAI. Buscamos entender cómo el exposoma, definido como la acumulación de exposiciones (tanto positivas como negativas) provenientes del ambiente físico, social y ambiental en donde vivimos, se inscriben en la salud cerebral. La contaminación forma parte de un exposoma adverso más amplio, que incluye la desigualdad urbana, la falta de acceso a recursos y el estrés social. Al mirar el ambiente completo que rodea a una persona, entendemos por qué algunos cerebros envejecen más rápido que otros. Existe un impacto que puede ser incluso mayor que el observado para ciertas enfermedades neurodegenerativas.
Niveles críticos de contaminación como los observados a mediados de mayo sirven como una dura advertencia sobre la normalización de respirar aire sucio. Cuidar la salud cerebral requiere mirar mucho más allá de la consulta médica, la dieta o el ejercicio. Exige construir ciudades más limpias, mejorar las condiciones de vida y promover políticas públicas capaces de reducir estos daños invisibles. Respirar aire limpio es, en definitiva, debiese ser una prioridad en políticas de envejecimiento saludable.






















