Chile no cuenta con datos a gran escala que permitan conocer con precisión cuántos lácteos consumen sus niños ni de qué calidad. Los estudios disponibles, realizados por organismos como el INTA y grupos de investigadores de universidades locales, señalan que una parte de esa ingesta corresponde a productos ricos en azúcar y maltodextrina que no aportan los mismos beneficios que los lácteos naturales.

Ante esa brecha, el comité científico del programa Gracias a la Leche trabaja en una encuesta interregional que cubrirá a la población pediátrica desde el primer año de vida hasta los dieciocho años, con encuestadores presenciales en centros educacionales y de salud de salud del norte, centro y sur del país. La nutricionista Carla Leiva Rodríguez, académica de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile e integrante de la instancia, sostiene que los lácteos naturales son difíciles de reemplazar en la infancia y la adolescencia.

“No solo aportan calcio y proteínas de alto valor biológico, sino también vitamina B12 (esencial para la mielinización neuronal) y probióticos que modulan la microbiota intestinal. La combinación de esos nutrientes convierte a los lácteos en un alimento que la evidencia vincula con la prevención de enfermedades metabólicas y cardiovasculares, no con su aumento”.

El momento más crítico de esa ecuación ocurre entre los 17 y los 23 años, cuando se alcanza el peak de masa ósea. En esa etapa, el requerimiento de calcio llega a 1.300 miligramos diarios (el más alto en toda la vida) y solo se cubre con cuatro porciones de lácteos al día. Lo que no se mineraliza en ese período no se recupera después. Leiva advierte que desde edades muy tempranas los niños “pierden el hábito de consumir lácteos y lo reemplazan por bebidas azucaradas”. Revertir esa tendencia requiere intervenciones en los establecimientos educacionales, campañas de política pública y un trabajo con las familias: si solo se educa al niño o a uno de los padres, el cambio de conducta raramente se sostiene.

 

¿Chile consume lácteos?

El problema del consumo lácteo infantil en Chile tiene dos dimensiones que se superponen: la cantidad y la calidad, advierte Leiva. Sobre la primera, la académica de la PUC reconoce que los datos son insuficientes. «No hay tanta información en Chile», afirma. Sobre la segunda, los estudios del INTA aportan señales de alerta: la ingesta existe, pero buena parte de ella corresponde a productos con azúcar, maltodextrina y otros aditivos que reducen sus beneficios nutricionales.

“Esto hace que parte importante de los lácteos consumidos actualmente por niños y adolescentes tenga un perfil nutricional menos favorable”, señala la especialista. “Un postre y bebida láctea azucaradas no aportan lo mismo que una leche o un yogur sin azúcares añadidos, especialmente en términos de su aporte de azúcares simples Siempre es mejor su versión natural o mínimamente procesada, ya que los productos lácteos aportan calcio altamente biodisponible”.

El requerimiento más exigente se produce en la adolescencia tardía. Entre los 17 y los 23 años se alcanza el peak de masa ósea, el punto máximo de densidad que tendrán los huesos durante la vida. «Una adolescente en crecimiento tiene el más alto requerimiento de calcio en su vida, que son 1.300 miligramos, que se logra con el consumo de cuatro o seis lácteos diarios”. No alcanzar ese peak en el momento en que se puede formar implica mayor riesgo de osteoporosis y fracturas en la adultez.

La vitamina B12, otro nutriente presente de forma natural en los lácteos, cumple una función específica en el desarrollo neurológico. Su presencia es necesaria para la mielinización neuronal, el proceso por el cual los nervios adquieren la vaina que les permite conducir los impulsos eléctricos con velocidad y precisión. El yodo, también presente en la leche, regula la función tiroidea, que a su vez incide en el metabolismo y el crecimiento. “Esos micronutrientes no tienen reemplazantes directos en los alimentos ultra procesados que han ocupado el espacio de los lácteos en la dieta infantil”, enfatiza la integrante del Comité Científico de Lácteos.

La leche es además un vehículo eficiente para la fortificación. La incorporación reciente de vitamina D en Chile responde a esa lógica: la matriz láctea, al contener calcio y proteínas, potencia la absorción de la vitamina y hace más eficaz la intervención nutricional. Esa decisión de política pública contribuye a la prevención del raquitismo, una enfermedad que el programa histórico Leche Purita ayudó a erradicar en el país.

 

Jardines, colegios y familia

Los especialistas coinciden que el hábito del lácteo no se pierde de golpe. Se erosiona desde temprano, cuando los niños empiezan a sustituir la leche por jugos procesados y bebidas azucaradas que les resultan más atractivas. Para cuando llegan a la adolescencia –el período de mayor requerimiento– el patrón ya está instalado y es difícil de revertir. «Desde muy pequeñito el niño pierde el hábito de consumir productos lácteos. Lo reemplaza por bebidas o por otros alimentos», señala Leiva Rodríguez.

La académica de la PUC propone que los jardines infantiles y colegios incorporen los lácteos en sus calendarios de colación de forma explícita, con una frecuencia de tres a cinco días por semana. «Definitivamente que el jardín y colegio genere un calendario donde se incluya que el niño debe llevar, no sé, tres, cuatro, cinco días a la semana algún producto lácteo», señala. Las alternativas son amplias: leche natural, cultivada, yogur, queso. Lo relevante es que el hábito tenga un espacio institucional, no solo doméstico.

El trabajo con las familias es el tercer frente y, según Leiva Rodríguez, el más determinante. La medicina culinaria –una práctica aplicada en España que consiste en que nutricionistas enseñan a cocinar a los núcleos familiares– es una herramienta que el comité considera replicable. La lógica es simple: las compras y las decisiones alimentarias se toman en el hogar, no en el colegio. «Si yo enseño solo a uno de los apoderados, o al niño, es difícil que se implemente; la idea es que las familias adquieran este hábito, porque finalmente las compras y todo se hacen pensando en las familias», explica la nutricionista.

La encuesta será interregional y cubrirá niños desde el año de vida hasta los dieciocho años, con presencia en jardines, colegios y centros de salud del norte, centro y sur. En el caso de los adolescentes, ellos mismos podrán responder directamente, porque a esa edad son quienes toman sus propias decisiones de consumo. «Lo que nosotros queremos conocer es desde el año de vida hasta los 18 años qué cantidad y qué tipo de lácteos están consumiendo los niños en Chile, de manera de entender el patrón de consumo y ver hacia dónde podemos direccionar los esfuerzos en cuanto a políticas de promoción de salud», puntualiza Carla Leiva.

 

Evidencia por sobre mitos

Durante años, el consumo de lácteos enteros estuvo desaconsejado por su contenido en grasas saturadas. La premisa era que esas grasas elevaban el colesterol y, por esa vía, el riesgo de enfermedades del corazón. Los estudios más recientes contradicen esa lectura. La grasa de la leche (al ser consumida adecuadamente (no en o con alimentos altos en calorías) forma compuestos durante la digestión que impiden su absorción y, en consecuencia, no elevan los niveles de colesterol en sangre. «Parte de la grasa láctea interactúa con el calcio formando complejos que pueden modificar su absorción intestinal.

Sin embargo, actualmente se considera que el efecto de los lácteos sobre la salud cardiovascular depende principalmente de la matriz alimentaria completa y no solo de un nutriente aislado», explica la nutricionista.

El mismo argumento que rehabilita la grasa láctea en términos cardiovasculares se observa en la relación entre los lácteos y la obesidad. La evidencia disponible indica que el consumo de productos lácteos puede disminuir las tasas de obesidad o tener un efecto neutro sobre ellas. Los nutrientes que aportan (proteínas de alto valor biológico y micronutrientes) contribuyen a la saciedad y reducen el apetito, lo que los convierte en un aliado, no en un obstáculo, en el control del peso corporal.

Un referente de esa reconversión científica es la dieta mediterránea, la única guía alimentaria con evidencia robusta en prevención cardiovascular. Su pirámide incluye de manera explícita el consumo de productos lácteos  fermentados y leche, lo que reafirma que su exclusión no tiene respaldo en la ciencia actual. Para la especialista, eso tiene una consecuencia directa en el mensaje de salud pública: «No debiéramos desincentivar el consumo de productos lácteos, sino todo lo contrario, siempre promover su adecuado consumo», sostiene Leiva.

Por otro lado, el mito de que la leche era inflamatoria tuvo difusión amplia en los últimos años y circuló con fuerza en redes sociales y en ciertos circuitos de alimentación alternativa. Leiva remarca que la evidencia es clara: los lácteos son parte de las guías alimentarias con mayor respaldo científico disponible y su exclusión de la dieta infantil no tiene justificación nutricional.

Los lácteos fermentados suman un argumento adicional. El kéfir, el yogur y la leche cultivada contienen probióticos que modulan la microbiota intestinal, lo que se traduce en menor disbiosis y un sistema inmune más estable. «Una acción que no generan las bebidas azucaradas ni los jugos industriales que con frecuencia ocupan el lugar de los lácteos en la dieta de niños y niñas”, concluye (Por Luis Francisco Sandoval, Agencia S&M Comunicaciones).

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Equipo Prensa
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