La grasa saturada ha sido uno de los principales argumentos para recomendar lácteos descremados por sobre sus versiones enteras. Un estudio clínico publicado en 2026 introduce un matiz relevante. Tras incorporar tres porciones diarias de lácteos enteros durante 12 semanas, los investigadores no observaron un empeoramiento significativo del peso, la composición corporal ni los niveles de colesterol en adultos con sobrepeso u obesidad.

El resultado no significa que la grasa saturada haya dejado de importar para la salud cardiovascular. Más bien refuerza una idea que ha ganado espacio en investigación nutricional: el efecto de un alimento no siempre puede predecirse observando uno de sus nutrientes de manera aislada.

Qué encontró el estudio sobre los lácteos enteros

La investigación, liderada por científicos de la Universidad de Toronto y publicada en The Journal of Nutrition, incluyó a 74 adultos con sobrepeso u obesidad. Los participantes fueron distribuidos en tres grupos con distintas pautas de alimentación y consumo de lácteos. Dos de ellos incorporaron tres porciones diarias de productos enteros.

Después de 12 semanas, consumir esos lácteos no se tradujo en un aumento significativo del peso, el índice de masa corporal, la grasa corporal ni el colesterol frente al grupo con bajo consumo de lácteos. Los investigadores también observaron cambios favorables en la presión arterial en algunos participantes y un mayor aporte dietario de calcio y proteínas.

Hay que interpretar estos resultados dentro de sus límites. El estudio duró tres meses, trabajó con una población específica y evaluó factores de riesgo metabólico, no la aparición de infartos u otros eventos cardiovasculares a largo plazo. Por eso, sus conclusiones no permiten afirmar que los lácteos enteros protejan contra las enfermedades cardiovasculares. Sí muestran que su contenido de grasa, por sí solo, no predijo un deterioro de los indicadores analizados.

La matriz láctea ayuda a explicar el resultado

Una posible explicación está en la denominada matriz láctea. La leche, el yogur o el queso no contienen grasa saturada de forma aislada. En ellos interactúa con proteínas como la caseína y el suero, minerales y otros componentes cuya estructura influye en la digestión y en la forma en que los nutrientes llegan al organismo.

Esta interacción ayuda a entender por qué dos alimentos con cantidades comparables de un determinado nutriente no necesariamente provocan la misma respuesta metabólica. La evidencia disponible sobre lácteos enteros apunta precisamente a que su efecto cardiometabólico es más complejo que la asociación automática entre grasa saturada y aumento del riesgo cardiovascular.

La composición proteica también importa. La caseína tiene una digestión más prolongada, mientras que las proteínas del suero aportan aminoácidos con mayor rapidez. Ambas son proteínas de alta calidad y pueden contribuir al mantenimiento de la masa muscular, un aspecto que adquiere especial relevancia en adultos mayores. Esto no convierte a los lácteos en una medida suficiente para prevenir la sarcopenia, pero sí permite que formen parte de una alimentación orientada a conservar músculo, especialmente cuando se combina con ejercicio de fuerza.

Calcio, vitamina D y el nuevo escenario en Chile

Los lácteos aportan calcio y fósforo, minerales estrechamente relacionados con el mantenimiento de huesos y dientes. Durante 2026, además, cambió el contexto nutricional chileno. Desde junio entró en vigencia la fortificación obligatoria con vitamina D3 de la leche líquida, la leche en polvo y la harina de trigo, como parte de la normativa impulsada por el Ministerio de Salud.

La vitamina D facilita la utilización del calcio por el organismo, de modo que esta fortificación complementa un alimento que ya constituye una fuente habitual de proteínas y minerales. No reemplaza, sin embargo, otras medidas necesarias cuando existe una deficiencia diagnosticada.

Entera, descremada o sin lactosa no responden a la misma necesidad

Los nuevos hallazgos tampoco implican que toda persona deba cambiar a lácteos enteros. Una versión descremada puede resultar más adecuada cuando existe una indicación profesional para limitar el aporte energético o las grasas saturadas. La opción sin lactosa responde a otra situación, ya que está destinada principalmente a quienes presentan dificultad para digerir este azúcar.

Al revisar distintos formatos de leche, por tanto, el porcentaje de grasa es solo una de las variables. La tolerancia digestiva, las necesidades energéticas, el aporte total de proteínas y nutrientes y el perfil metabólico de cada persona también modifican la elección.

El principal aporte de la evidencia reciente es precisamente ese cambio de perspectiva. Evaluar los lácteos únicamente por su grasa saturada puede simplificar demasiado un alimento cuya estructura influye en la respuesta del organismo. Para decidir entre una alternativa entera, descremada o sin lactosa, sigue siendo más útil considerar la dieta completa y las necesidades individuales que convertir un único nutriente en una regla universal.

 

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Equipo Prensa
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