Cada 16 de septiembre conmemoramos el Protocolo de Montreal, tratado internacional creado para proteger la capa de ozono y considerado el acuerdo ambiental más exitoso de la historia. En el extremo sur de Chile, sin embargo, la capa de ozono plantea un desafío menos evidente: necesitamos la radiación solar para producir vitamina D, pero en ciertos períodos esa misma radiación puede alcanzar niveles que hacen necesario protegerse.
Para Magallanes, el agujero de ozono antártico no es algo abstracto. Puede cubrir durante algunos días el extremo sur de Sudamérica. En octubre de 2025, Magallanes registró el pico de radiación UV-B más pronunciado en cinco años, dejando a Punta Arenas con un índice UV de riesgo moderado a alto. En los últimos años, además, ha permanecido abierto durante más tiempo, llegando hasta diciembre.
Esta realidad obliga a mirar de otra manera la relación entre sol y salud. Solemos pensar en la exposición solar como un problema de exceso: proteger la piel y reducir sus riesgos. Sin embargo, para quienes viven en latitudes australes existe también el problema contrario. Durante buena parte del año, la radiación UV-B disponible no es suficiente para producir vitamina D en cantidades adecuadas.
El Panel de Evaluación de los Efectos Ambientales del Protocolo de Montreal (EEAP) ha identificado, sobre los 40° de latitud, un “invierno de vitamina D”: meses en los que la radiación solar no permite una producción suficiente de esta vitamina. Coyhaique está a 45°S, Punta Arenas a 53°S y Puerto Williams a casi 55°. El frío agrega otra dificultad: las condiciones climáticas hacen que la piel permanezca mayoritariamente cubierta.
Según la Encuesta Nacional de Salud 2016-2017, un 52,9% de las mujeres en edad fértil y un 59,5% de los adultos mayores presentaban niveles de vitamina D por debajo de lo normal. El sur de Chile enfrenta así una paradoja: durante el invierno puede faltar radiación para producir vitamina D y, pocos meses después, pueden aparecer episodios de radiación excesiva que hacen necesario protegerse.
Por eso, no parece razonable plantear una política de salud pública basada simplemente en pasar más tiempo al aire libre para obtener vitamina D. Cuando la capa de ozono se adelgaza, el margen entre los beneficios y los efectos dañinos de la radiación UV-B se vuelve más estrecho. La exposición que contribuye a la síntesis de vitamina D también puede aumentar el riesgo de eritemas en la piel y cataratas en los ojos.
En este escenario, la fortificación de alimentos ofrece una respuesta concreta. Desde junio de 2026, el Decreto Supremo N.º 29 establece la fortificación con vitamina D₃ de la leche líquida, la leche en polvo y la harina de trigo. La medida permite que el estado nutricional no dependa exclusivamente de la exposición solar, algo especialmente relevante en altas latitudes.
Pero tampoco basta con fortificar alimentos. Se necesita vigilancia epidemiológica en Magallanes y Aysén, para comprender mejor esta relación.
El Protocolo de Montreal y la fortificación con vitamina D parecen pertenecer a conversaciones distintas. En realidad, responden a un mismo desafío: cómo proteger la salud cuando necesitamos del sol, pero no siempre podemos exponernos a él de la misma manera.
Este 16 de septiembre, cuidar la capa de ozono y comerse una marraqueta al día son, en el fondo, parte de la misma conversación.
Roy Mackenzie Calderón
Investigador del Instituto de Ciencias Aplicadas
Universidad Autónoma de Chile

























