Por Patricio Huenchuñir, vicepresidente ejecutivo de Asilfa

Cada 25 de septiembre se conmemora el Día Mundial del Químico Farmacéutico con la invitación a reconocer un aporte indispensable para responder a los desafíos sanitarios de nuestro tiempo. Cuando se piensa en ellos, la idea más común es que son quienes dispensan medicamentos y orientan a las personas en una farmacia. Si bien ese es uno de sus roles, está lejos de representar todo su campo de acción. Los farmacéuticos están presentes en hospitales, investigación clínica, salud pública, farmacovigilancia y, por sobre todo, en la industria farmacéutica.

Detrás de cada comprimido, vacuna, jarabe o tratamiento existen profesionales que se encargan de monitorear los procesos de desarrollo, fabricación, control, almacenamiento y distribución. Que un medicamento cumpla lo que promete,  sea seguro, eficaz y mantenga sus condiciones hasta llegar al paciente no ocurre por casualidad, es fruto del trabajo que estos especialistas realizan por medio de rigurosos controles permanentes y resguardando cada etapa del proceso.

Pero valorar esta profesión también implica preguntarnos dónde pueden desarrollarse. Los laboratorios con plantas operativas ofrece uno de esos espacios y, genera capacidades claves para nuestro país. Actualmente, el sector aporta el 1,1% del PIB y cerca de 68 mil empleos directos, indirectos e inducidos, además de sostener puestos que requieren formación científica y técnica altamente especializada.

En momentos en que el empleo vuelve a ocupar un lugar central en la discusión pública, nuestros profesionales están preparados para investigar, producir, controlar y garantizar la calidad de los tratamientos, pero para que ese conocimiento se traduzca en experiencia, necesitamos áreas capaces de incorporarlos. La existencia de producción local de medicamentos permite precisamente que contribuyan al desarrollo económico y a responder a las necesidades sanitarias del país.

Por eso, este día también debiera llevarnos a mirar el futuro de este sector en el que muchos de ellos trabajan. No podemos aspirar a formar capital humano cada vez más preparado si, al mismo tiempo, perdemos los espacios donde ese conocimiento puede desplegarse. El desafío está en comprender que ambas cosas van de la mano: cuando generamos condiciones para que la industria farmacéutica crezca en Chile, también estamos abriendo oportunidades para que ese talento encuentre aquí un lugar donde hacer carrera.

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