Nicolás Daniel Jara Montenegro

Académico Odontología

Universidad Andrés Bello

Es frecuente que una persona atribuya su sensibilidad dentaria al bruxismo: “me duelen los dientes porque aprieto”. Aunque esta explicación parece lógica, la evidencia actual nos lleva a mirar el problema con mayor profundidad. El bruxismo puede participar en determinados escenarios clínicos, pero difícilmente explica por sí solo dicha sensibilidad.

La hipersensibilidad dentaria se caracteriza por un dolor breve y agudo, desencadenado por estímulos térmicos, táctiles o incluso químicos sobre dentina expuesta. El modelo fisiológico más aceptado es la teoría hidrodinámica, cuando los túbulos dentinarios están expuestos y permeables, los estímulos como el frío o el aire desplazan el fluido en su interior, activando a los nervios pulpares y generando una respuesta dolorosa rápida y con características muy precisas.

Por ello, más que preguntarnos qué “sensibilizó” el diente, debemos cuestionar el por qué la dentina quedó expuesta. Es aquí en donde aparece un escenario multifactorial. Uno de los actores protagónicos es el desgaste erosivo dentario, un proceso químico-mecánico de pérdida acumulativa de tejido dental. Los ácidos pueden provenir del exterior a partir de bebidas carbonatadas, energéticas, cítricos y otros alimentos ácidos, pero también del organismo, especialmente por exposición recurrente al contenido gástrico asociada a reflujo o vómitos. El ácido desmineraliza y reblandece la superficie dental, aumentando su vulnerabilidad frente a acciones mecánicas posteriores.

A ello pueden sumarse procesos abrasivos, como el producido por un cepillado traumático y su interacción con algunas pastas dentales agresivas, además de recesión gingival y exposición radicular. Es por lo mismo que la sensibilidad no suele responder a una causa única, sino a la interacción entre factores químicos, mecánicos y biológicos.

Entonces, ¿Dónde queda el bruxismo? Actualmente se entiende como una actividad de los músculos masticatorios que puede ocurrir durante el sueño o la vigilia, y que es de carácter involuntario. Sin embargo, la intensidad, frecuencia y los movimientos generados varían entre cada individuo.

El contacto dentario asociado al bruxismo podría contribuir al componente mecánico del desgaste, especialmente sobre superficies previamente vulnerables. Sin embargo, esto no permite establecer una causalidad directa en donde el bruxismo sea el principal agente en la sensibilidad. Varias revisiones sistemáticas durante los últimos años denotan que la relación entre bruxismo y desgaste dentario- sensibilidad continúa siendo inconclusa. La mayoría muestra asociaciones débiles o inexistentes. Por ello, observar desgaste y sensibilidad tampoco permite concluir, por sí solo, que una persona presenta bruxismo.

Esta distinción tiene consecuencias clínicas. Ante un paciente con sensibilidad dentaria, limitar la evaluación a preguntar si aprieta o rechina los dientes puede hacernos perder información relevante. Es necesario explorar hábitos dietarios, exposición a ácidos, presencia de reflujo o vómitos, higiene oral, recesiones gingivales y características del desgaste, además de evaluar el bruxismo cuando corresponda.
La sensibilidad dentaria y el bruxismo pueden coexistir e incluso interactuar, pero coexistencia no significa causalidad. En este complejo ajedrez, el bruxismo puede ser una pieza más; comprender el tablero completo permite realizar un diagnóstico más preciso y evitar tratamientos dirigidos a una causa que quizás nunca fue la principal.

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