Saber escuchar no es sólo un atributo cortés o de respeto hacia otros cuando nos comunicamos, sino que a veces es la única forma de entender y acoger las necesidades de otro disponible a conversar con nosotros.

En el caso de niños y adolescentes que han vivido como personas tartamudez, siempre en la clínica se observa una importante frustración por no poder “decir lo que desean a los demás”. La diferencia está en que en los menores esta frustración muchas veces se traduce en irrupciones forzadas que pueden quedar fuera de tiempo o sometidas a la presión del tiempo y en lo adolescente, lamentablemente con mayores experiencias acumuladas de malos momentos, puede materializarse en una introspección y sentido de ineficiencia doloroso.

Es necesario comprender como comunidad que lo más importante para cualquier ser humano con lenguaje, es poder comunicarse con seguridad, sentirse acogido y escuchado por los otros. En esto, todos como individuos tenemos un rol que con pequeños cambios podemos generar una diferencia, pues el saber esperar a una persona que tartamudea mientras realiza su mensaje, así como estar atento al contenido del mensaje, por sobre a como lo dice una persona tartamuda, es el eje central del respeto por la individualidad y la diferencia.