Marzo de 2026.- Muchas veces ocurre casi sin pensarlo. El plato llega a la mesa y, antes de probarlo, alguien toma el salero y añade un poco más. Es un gesto automático, instalado en la rutina diaria de muchas familias. Sin embargo, detrás de ese hábito aparentemente inofensivo se esconde uno de los principales factores de riesgo para enfermedades cardiovasculares y renales.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda consumir menos de cinco gramos de sal al día, lo que equivale aproximadamente a una cucharadita. Sin embargo, el promedio mundial de ingesta supera los diez gramos diarios, más del doble de lo aconsejado.
En Chile, la situación no es muy distinta. Estimaciones basadas en la Encuesta Nacional de Salud indican que la población consume en promedio cerca de nueve gramos de sal al día, casi el doble del límite recomendado, un nivel que contribuye a mantener al exceso de sodio como uno de los factores más relevantes en el desarrollo de hipertensión arterial.
En estos días se conmemora la Semana de Concienciación sobre el Consumo de Sal, una iniciativa internacional que busca sensibilizar sobre los riesgos asociados al exceso de sodio en la alimentación. En paralelo, durante marzo también se celebra el Día Mundial del Riñón, este año bajo el lema “¿Están bien tus riñones? Detecta a tiempo, protege tu salud renal”, una invitación a prestar mayor atención a los hábitos cotidianos que pueden afectar estos órganos.
Exceso de sal
Uno de los principales problemas es que gran parte del sodio que consumimos no proviene del salero, sino de alimentos que forman parte de la dieta cotidiana. Panes, embutidos, salsas, caldos concentrados, snacks o productos congelados pueden contener cantidades importantes de sodio, incluso cuando no percibimos un sabor intensamente salado.
El doctor Francisco Marino, urgenciólogo y director médico de Los Carrera Interclínica, explica que muchas personas no son plenamente conscientes de cuánto sodio incorporan realmente en su alimentación diaria: “El consumo excesivo de sal suele ocurrir de manera inadvertida. A la que agregamos al cocinar o en la mesa se suma la que ya viene incorporada en muchos alimentos procesados, por lo que fácilmente se puede duplicar la recomendación diaria sin darse cuenta”, señala.
Además, el gusto por lo salado se va construyendo con el tiempo. “Mientras más sodio se consume, más se acostumbra el paladar a sabores intensos, lo que puede llevar a buscar constantemente ese mismo nivel de salinidad en las comidas”, añade.
Hipertensión: el vínculo más conocido
El impacto más evidente del exceso de sal en el organismo es el aumento de la presión arterial. La hipertensión arterial es uno de los principales factores de riesgo para enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares y daño renal, y afecta a una proporción importante de la población adulta.
“Cuando consumimos demasiada sal, el cuerpo retiene más líquido y eso aumenta la presión dentro de los vasos sanguíneos. Con el tiempo, esta presión sostenida puede dañar el corazón, el cerebro y otros órganos”, explica el médico.
Además, la hipertensión tiene una característica que la vuelve especialmente peligrosa: suele avanzar durante años sin síntomas evidentes. “Muchas personas descubren que tienen hipertensión cuando ya existe algún grado de daño en órganos como el corazón o los riñones”, explica el doctor Marino.
El especialista agrega que reducir la ingesta de sal es una de las intervenciones más costo-efectivas en salud pública. “Incluso disminuir uno o dos gramos diarios puede generar reducciones significativas en la presión arterial y en el riesgo cardiovascular”, señala.
Riñones bajo presión
Pero el impacto del exceso de sal no se limita solo al corazón o a la presión arterial. Los riñones también cumplen un papel clave en este equilibrio. Estos órganos regulan los líquidos y minerales del organismo y, entre sus funciones, está eliminar el exceso de sodio a través de la orina. Cuando la ingesta de sal se mantiene elevada en el tiempo, deben trabajar más para sostener ese balance interno.
En el contexto del Día Mundial del Riñón, los especialistas advierten que este esfuerzo permanente puede contribuir al deterioro progresivo de la función renal, especialmente en personas con hipertensión, diabetes o antecedentes familiares de enfermedad de este órgano.
“El exceso de sodio no solo eleva la presión arterial, sino que también puede acelerar el daño renal en pacientes que ya tienen factores de riesgo. Por eso reducir el consumo de sal es una medida clave para proteger la salud de los riñones”, explica el doctor Andres Triana, Cardiólogo de Los Leones Interclínica.
Pequeños cambios
Modificar los hábitos relacionados con la sal puede parecer un desafío, pero incluso reducciones moderadas pueden generar beneficios importantes para la salud cardiovascular.
El doctor Triana explica que uno de los primeros pasos es tomar conciencia de cuánto sodio se consume realmente a lo largo del día: “Un cambio muy simple es evitar agregar sal automáticamente a la comida antes de probarla. Muchas veces se trata de un gesto aprendido más que de una necesidad real del sabor”, comenta.
También recomienda prestar mayor atención al tipo de alimentos que se eligen en el día a día. “Preferir preparaciones caseras y alimentos frescos por sobre los productos procesados permite tener mayor control sobre la cantidad de sodio que se consume. Además, existen muchas alternativas para realzar el sabor de las comidas utilizando hierbas, especias, limón o ajo”, señala el cardiólogo.
Y es que pequeños cambios sostenidos en el tiempo pueden tener un impacto relevante en la prevención de enfermedades. “Reducir la sal no significa comer sin sabor, sino aprender a disfrutar mejor los alimentos. Es una decisión cotidiana que puede marcar una diferencia importante en la salud del corazón y de los riñones a largo plazo”, concluye el doctor de Los Leones Interclínica.




















