Nos han hecho creer que somos esclavos de nuestros genes. “Es hereditario,” solemos decir, resignándonos a pensar que el destino de nuestros cuerpos y nuestras mentes ya está escrito en el ADN. Pero la realidad es mucho más compleja. El envejecimiento no es solo una cuestión biológica, es también un reflejo de nuestras experiencias, de las decisiones que tomamos y los entornos que habitamos.
Como en la aclamada película Interestelar, donde el tiempo y las circunstancias moldean la vida de los protagonistas de formas inesperadas, nuestras vidas también están en constante movimiento. Las experiencias que acumulamos a lo largo de los años tienen un impacto mucho más profundo en el envejecimiento de lo que alguna vez imaginamos.
No es que los genes no jueguen un papel, pero es la interacción entre nuestros genes y el ambiente lo que realmente cuenta. Tomemos como ejemplo a Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, quien en su libro El hombre en busca de sentido afirmó: “Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.” Este es el poder que tenemos frente al envejecimiento: moldearnos, a través de nuestras vivencias, nuestras elecciones y nuestra forma de enfrentar la vida.
La ciencia moderna respalda esta idea. Los estudios sobre epigenética han demostrado que nuestras experiencias (como el estrés, la actividad física, la dieta y las relaciones sociales) pueden literalmente encender o apagar genes, modificando la forma en que envejecemos. En lugar de un destino inmutable, el envejecimiento se revela como un proceso dinámico, una conversación constante entre lo que somos y lo que hacemos.
En última instancia, cada paso que damos, cada decisión que tomamos tiene el poder de remodelar cómo enfrentamos el envejecimiento. Ya está más que demostrado que podemos desafiar la idea de que estamos destinados a un camino predeterminado. Podemos rediseñar la forma en que envejecemos, un día a la vez.
La conclusión es clara: no somos prisioneros de nuestros genes. Somos co-creadores de nuestra propia vejez. La pregunta no es si vamos a envejecer, sino cómo queremos hacerlo. Y ahí es donde entra en juego nuestra capacidad de elegir, de experimentar y de conectarnos con los demás. Porque al final, son nuestras experiencias las que realmente definen quiénes somos y cómo envejecemos.
Lincoyán Fernández, Dr© en Psicogerontología
Director de Carrera Kinesiología
Universidad San Sebastián






















