Fatiga, irritabilidad, alteraciones del sueño y decaimiento son algunas de las manifestaciones que pueden aparecer en personas sensibles a las variaciones atmosféricas. Expertos explican que la relación entre clima y bienestar no depende solo de factores biológicos, sino también del entorno y la experiencia personal.
Las intensas lluvias que han afectado a distintas zonas del país y los pronósticos que anticipan un agosto con nuevos sistemas frontales, no solo pueden provocar anegamientos, interrupciones de servicios o complicaciones en la movilidad. Para algunas personas, estos episodios también pueden asociarse a cambios en el bienestar físico y emocional, manifestaciones que pueden formar parte del fenómeno llamado “meteorosensibilidad”, es decir, la susceptibilidad a experimentar efectos físicos y psicológicos asociados a las variaciones del clima.
Según explicó Rubén Morgado, académico de la Facultad de Psicología de la Universidad UNIACC, «reducir estos malestares a un asunto biomédico —como la variación de la luz o el déficit de vitamina D— resulta insuficiente, aun cuando esos factores tengan efectos orgánicos y anímicos comprobados. El cuerpo que se moja no es solo tejido; está atravesado por la lengua, por la historia y por el lazo social».
El especialista agregó que “entre las manifestaciones más frecuentes se cuentan la astenia, la irritabilidad, las cefaleas, los trastornos del sueño, el dolor articular y muscular, la ansiedad y los síntomas depresivos. Estos suelen intensificarse antes o después del cambio meteorológico, más que durante el evento mismo”.
Además, advirtió que “las comorbilidades de salud mental, como los cuadros depresivos, inciden claramente en la meteorosensibilidad”.
Para Morgado, este fenómeno no puede analizarse únicamente desde la experiencia individual, ya que las condiciones del entorno también influyen en la manera en que las personas enfrentan los períodos prolongados de lluvia. Este enfoque “obliga a considerar la geografía, el género, la edad y la posición socioeconómica de quien vive el temporal”, aseguró.
En esa línea, planteó que las respuestas frente a este fenómeno deben ampliar la mirada más allá del individuo y considerar también los espacios donde las personas desarrollan su vida cotidiana. El docente de la UNIACC indicó que “las intervenciones deben alcanzar el mesosistema, es decir, la red de conexiones e influencias mutuas entre los entornos inmediatos de una persona: familia, escuela, trabajo y amistades”.
Agregó que “lo que ocurre en un contexto impacta directamente en los demás y resulta clave para la adaptación personal. De ahí la importancia de generar vínculos sanos en la sociedad civil y formas de asociatividad que permitan el apoyo mutuo”.
El especialista precisó que experimentar cambios en el ánimo o en los niveles de energía durante períodos de lluvia puede formar parte de una respuesta adaptativa frente a modificaciones ambientales. La señal de alerta aparece cuando estas manifestaciones se mantienen en el tiempo o comienzan a afectar la vida cotidiana.
“El punto crítico aparece cuando esos cambios implican una disminución de la vitalidad, esto es, cuando el malestar afecta la vida cotidiana y se sostiene en el tiempo”, aseguró.
En esos casos, Morgado señaló que la psicoterapia puede contribuir al abordaje de los factores personales asociados al malestar. Sin embargo, advirtió que la salud mental también está relacionada con las condiciones sociales que rodean a las personas.
“La terapia no reemplaza la asociatividad, ni la asociatividad reemplaza a la terapia cuando esta se hace necesaria; y ninguna de las dos sustituye que las políticas públicas se hagan cargo de sus responsabilidades hacia la ciudadanía”, afirmó.
Finalmente, enfatizó que muchos de los efectos emocionales asociados a los eventos climáticos están atravesados por condiciones sociales que pueden aumentar la vulnerabilidad de las personas. “La lluvia deja a la vista las ‘goteras’ de las subjetividades y de las instituciones. Se necesitan emplazamientos seguros, viviendas dignas y resguardo para quienes padecen los efectos de la exclusión”.






















