Por Bernardita Merino, directora social Fundación Acompañando Pasos
En el marco del Día Mundial de la Salud Mental, la Agenda Primera Infancia 2026 del Observatorio Niñez de la Fundación Colunga recuerda un dato alarmante: ya antes de la pandemia, estudios internacionales evidenciaron que cerca de un 25% de los preescolares chilenos presentaba problemas emocionales y conductuales, frente a un 15% internacional, con tasas de ansiedad y depresión que duplicaban el promedio mundial. Es decir, casi uno de cada cuatro niños. Asimismo, el informe advierte que los efectos de la pandemia sobre su desarrollo socioemocional aún no se han evaluado del todo. Detrás de cada uno de esos niños y niñas hay familias y comunidades escolares que ponen tiempo, herramientas y apoyo, pero que muchas veces se ven sobrepasadas a causa de jornadas laborales extensas y poco tiempo para acompañar. Entonces, vale la pena preguntarse: ¿cómo promovemos una mejor salud mental en la infancia si muchas familias crían solas, sin redes de apoyo, y si ese cuidado recae principalmente en las mujeres, muchas veces a costa de su trabajo?
Los datos del mismo informe responden con crudeza: uno de cada siete hogares no cuenta con ningún tipo de apoyo para la crianza y cuando hay alguien que cuida, casi siempre es una mujer. En el 64 % de los hogares, niñas y niños quedan al cuidado exclusivo de mujeres después de la jornada escolar. Esta realidad afecta la salud mental de quienes crían: según el informe, no contar con ninguna red de apoyo aumenta la probabilidad de vivir la crianza con tensión alta, es decir, con agobio y la sensación de no dar abasto.
En Acompañando Pasos lo vemos en lo que nos cuentan los propios niños: el 74 % dice tener libros de cuentos en su casa, pero solo el 36 % indica que le leen habitualmente. El primer impulso sería pedirles a las familias que aprovechen esos libros y lean más con sus hijos. Sin embargo, los datos de Colunga sugieren que el problema es otro: entre las cuidadoras con tensión alta, el 52 % no realiza ninguna actividad semanal con sus hijos en el hogar, como leer, cantar o pintar, frente al 33 % de quienes no presentan tensión. Tres de cada cuatro de nuestros niños tienen libros en casa; lo que muchas veces falta es tiempo y energía para abrirlos. Por eso, la salud mental de la infancia no puede abordarse solo como un asunto de voluntad individual, sino como un desafío de política pública.
El bienestar de las familias cambia cuando cuentan con un entorno seguro para sus hijos después del colegio. Lo confirma nuestra Encuesta de Apoderados: el 85 % usa el tiempo del After School para trabajar, el 83 % declara hacerlo con mayor tranquilidad y el 84 % siente una disminución de su carga mental. Si sabemos que la tensión de quien cuida se traslada a los niños, aliviar a los adultos también es cuidar a los niños.
La salud mental no depende únicamente de factores biológicos o individuales, sino también de las condiciones sociales y laborales en que vivimos. Un ejemplo claro es la natalidad: según datos del INE publicados este año, por primera vez en la historia del país la tasa global de fecundidad cayó bajo un hijo por mujer (0,99). Mientras que, según la encuesta CEP de junio, quienes creen que tener hijos restringe las posibilidades de trabajo y carrera aumentaron de un 29 % a un 46 %. No es que las familias no quieran tener hijos, ya que la misma encuesta evidencia que las personas desean más de los que tienen. Una estructura laboral que hace incompatible criar y trabajar no solo explica por qué nacen menos niños; también es la que tensiona, día a día, a quienes sí crían.
Cuando las familias cuentan con entornos seguros, respiran distinto, y eso llega a sus hijos. El desafío es que esos entornos dejen de ser una excepción: que el Estado los amplíe y que la sociedad civil, trabajando a su lado, siga aportando su conocimiento de los territorios y de las familias que los habitan. Al final, la salud mental de la infancia no es un asunto privado: es el reflejo de cómo decidimos cuidar como sociedad.

























