Santiago, marzo de 2026 – La obesidad avanza a un ritmo que preocupa a los sistemas de salud a nivel global. Según datos de la Organización Mundial de la Salud(OMS), más de 890 millones de adultos viven hoy con obesidad en el mundo y cerca del 43% de la población adulta presenta sobrepeso, una tendencia que continúa en aumento y que se asocia a un incremento sostenido de enfermedades crónicas no transmisibles.
Chile: una realidad más grave que el promedio
En Chile, el escenario es particularmente crítico en comparación con otros países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). De acuerdo con proyecciones recogidas en el World Obesity Atlas y citadas en informes recientes, para el 2025 un 83% de la población adulta del país presenta un índice de masa corporal (IMC) elevado y un 42% vive con obesidad, cifras que ubican a Chile entre los países con peor desempeño del bloque, muy por sobre el promedio OCDE.
Las proyecciones hacia 2030 en el país son aún más alarmantes: más de 14 millones de personas – de una población cercana a los 20 millones – podrían vivir con exceso de peso, lo que supone un incremento de manera significativa del riesgo de enfermedades crónicas no transmisibles como diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer.
Esta tendencia también se expresa con fuerza en la población infantil. Según los últimos datos del Mapa Nutricional 2024 de JUNAEB, el 50,9% de los escolares en Chile presenta malnutrición por exceso (sobrepeso, obesidad u obesidad severa), lo que evidencia que más de la mitad de la niñas y niños en edad escolar enfrenta un exceso de peso desde edades tempranas, con implicaciones directas para su salud.
Más que un problema de hábitos
En este contexto, especialistas coinciden en que seguir abordando la obesidad como un problema individual, pasajero o exclusivamente ligado al estilo de vida no solo es insuficiente, sino que retrasa el acceso a diagnósticos oportunos, tratamientos adecuados y modelos de atención sostenidos en el tiempo.
“La obesidad no se resuelve con intervenciones de corto plazo. Es una condición crónica, con riesgo de recaídas, que requiere acompañamiento médico continuo, al igual que otras enfermedades crónicas”, señala la Dra. Ana Paula Alcaraz, directora médica de Boehringer Ingelheim Chile. “Cuando no la tratamos como tal, los resultados son transitorios y frustrantes tanto para los pacientes como para los equipos de salud”.
Desde la perspectiva científica, la evidencia muestra que la obesidad implica alteraciones biológicas que van más allá de la voluntad individual.
“La obesidad es una enfermedad crónica porque existe una alteración del tejido adiposo y cambios hormonales y cerebrales que regulan el peso corporal. Cuando una persona pierde peso, el cerebro puede interpretar esa pérdida como una amenaza y activar mecanismos que aumentan el apetito y reducen el gasto energético. Estos cambios pueden persistir en el tiempo, lo que explica por qué el tratamiento debe ser continuo”, explica la Dra. Ada Cuevas, médico, magíster en Nutrición Clínica y cofundadora del Centro Avanzado de Medicina Metabólica y Nutrición (CAMMYN).
Diversas guías clínicas internacionales entre ellas las del National Institute for Health and Care Excellence (NICE) del Reino Unido, la European Association for the Study of Obesity (EASO) y la Academia Española de Nutrición y Dietética, coinciden en describir la obesidad como una enfermedad crónica, compleja, progresiva y recidivante, determinada por múltiples factores biológicos, genéticos, ambientales y psicosociales, y que requiere manejo médico continuo.
El desafío sanitario en Chile
De acuerdo con análisis académicos desarrollados por el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) de la Universidad de Chile, la prevalencia de obesidad en adultos ha aumentado de manera sostenida en las últimas décadas, consolidándose como un problema estructural desde el punto de vista sanitario.
En la práctica clínica, esta situación se traduce en una elevada prevalencia de condiciones asociadas con la obesidad —entre ellas diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, hepáticas y renales— lo que subraya la necesidad de un abordaje temprano, integral y sostenido en el tiempo.
“Si esta tendencia continúa, hacia 2030 veremos un impacto aún mayor en enfermedades cardiovasculares, metabólicas y en la calidad de vida de la población. Esto no sólo afecta a las personas, sino que incrementa la carga sobre el sistema de salud y los costos asociados al manejo crónico de múltiples comorbilidades”, advierte la Dra. Cuevas.
Una condición interconectada
La obesidad no ocurre de forma aislada. Está estrechamente relacionada con otras enfermedades crónicas, como las cardiovasculares, metabólicas, hepáticas y renales, entre otras, lo que refuerza la importancia de abordarla de manera temprana, integral y continua.
Además, los especialistas subrayan que mantener una visión reduccionista contribuye al estigma y puede retrasar la búsqueda de ayuda profesional.
“Reconocer la obesidad como una enfermedad crónica es clave para avanzar en tratamientos efectivos, multidisciplinarios y sostenibles. El desafío es enorme, pero también es una oportunidad para transformar la manera en que enfrentamos una de las principales amenazas sanitarias del país”, concluye la Dra. Cuevas.
























