El dolor menstrual ha sido considerado por décadas como una experiencia propia de la vida reproductiva. Esta normalización, establecida en prácticas culturales, educativas y clínicas, ha contribuido a invisibilizar síntomas que, en muchos casos, pueden corresponder a patologías como la endometriosis. Lo que se asume como “esperable” podría ser la primera señal de una enfermedad crónica.

Diversos estudios científicos coinciden en que el diagnóstico de endometriosis puede tardar entre 7 y 12 años. Este retraso no se explica solamente por la complejidad de la enfermedad, sino por un sesgo permanente: la validación social del dolor menstrual. Desde la adolescencia, muchas mujeres aprenden a convivir con molestias intensas sin cuestionar su origen, reforzadas por entornos familiares y educativos que tienden a minimizar el síntoma. En este contexto, consultar por dolor se percibe como innecesario o incluso exagerado.

El problema se amplifica en la práctica clínica. La falta de formación específica en salud menstrual y dolor pélvico crónico puede llevar a respuestas tranquilizadoras, pero insuficientes, ya que no solo retrasan la sospecha diagnóstica, sino que también debilitan la confianza en los sistemas de salud. Así se configura un círculo donde el dolor se naturaliza, se posterga la consulta y se perpetúa el subdiagnóstico.

Abordar esta situación como un problema de salud pública implica desplazar el foco desde la tolerancia del síntoma hacia su reconocimiento temprano. Entonces, la educación menstrual se transforma en una herramienta clave para aprender a diferenciar entre molestias esperables y el dolor incapacitante, entregando información clara y accesible desde etapas escolares.

En este escenario, la atención primaria y la matronería adquieren un rol central. La pesquisa precoz no depende exclusivamente de tecnología avanzada, sino de la capacidad de escuchar, identificar patrones y validar el relato de las personas menstruantes. Incorporar preguntas sistemáticas sobre dolor menstrual en los controles de salud puede marcar una diferencia significativa en los tiempos diagnósticos.

Cuestionar la normalización del dolor no implica medicalizar la menstruación, sino reconocer sus límites. Cuando el dolor interfiere con la vida cotidiana, deja de ser un fenómeno fisiológico para convertirse en una señal de alerta. Transformar esta mirada es un paso necesario para avanzar hacia atenciones en salud más oportunas, equitativas y sensibles a experiencias históricamente desatendidas.

Maricela Pino Directora Escuela de Obstetricia y Puericultura Universidad de Las Américas.

 

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