La Cumbre One Health 2026, realizada en Lyon, Francia, entre el 5 y el 7 de abril, deja en evidencia la brecha entre lo que ya sabemos y lo que efectivamente se implementa bajo este enfoque. Sabemos que la salud humana, animal, vegetal y ambiental están conectadas, pero todavía cuesta traducir esa certeza en respuestas integradas. En un escenario marcado por enfermedades emergentes, resistencia a los antimicrobianos, contaminación, riesgos alimentarios y cambio climático, seguir abordando estos problemas por separado parece cada vez menos sostenible.
Ese es, probablemente, uno de los aspectos más relevantes del enfoque One Health. No se trata solo de insistir en que esas dimensiones de la salud están relacionadas, sino de asumir que esa conexión tiene consecuencias concretas. Cuando se debilita la cooperación entre sectores, se fragmentan los sistemas de vigilancia o se resta importancia a la evidencia, el problema deja de ser local. La fragilidad se expande y la vulnerabilidad también.
En ese sentido, la cumbre buscó reforzar la necesidad de fortalecer mecanismos reales de articulación y respuesta, sostenidos en el tiempo y respaldados por políticas de Estado. Parte de eso se reflejó en anuncios como una nueva red global de instituciones One Health, el fortalecimiento del panel de expertos OHHLEP, un nuevo impulso para eliminar la rabia humana transmitida por perros hacia 2030 y acciones coordinadas frente a la influenza aviar. Sin embargo, más allá de cada iniciativa, el mensaje de fondo es claro: la salud global necesita continuidad, articulación y capacidad de respuesta, no solo declaraciones bien intencionadas.
Para América Latina esta conversación no debiera sentirse lejana. En una región marcada por desigualdades, presión sobre los ecosistemas y sistemas de salud frecuentemente exigidos al límite, One Health no puede quedar solo como una consigna internacional. Es una forma concreta de pensar la salud pública, la producción animal, la seguridad alimentaria y la sostenibilidad ambiental como parte de un mismo problema. Y también de reconocer que, en un mundo interdependiente, las decisiones de un país dejan de ser solamente nacionales cuando sus efectos cruzan fronteras.
Desde esa perspectiva, instancias como el próximo Congreso Latinoamericano de One Health en Brasil pueden ser una oportunidad relevante para pensar estos desafíos desde América Latina y sus propias realidades. Si algo dejó esta cumbre, es que ya no basta con reconocer que todo está conectado. El paso pendiente es actuar en consecuencia. Y esa tarea, más que comunicacional, es profundamente política, científica y ética.
Dra. Marcela Fresno Ramírez Directora Magíster One Health – Una Salud Universidad de Las Américas UDLA.




















