Patricio Vásquez

Director Carrera de Licenciatura en Ciencias de la Actividad Física

Universidad de Las Américas

 

Con la llegada de las bajas temperaturas y los días más cortos, es común que nuestra motivación para movernos disminuya. Sin embargo, desde las Ciencias de la Actividad Física entendemos que la constancia durante el invierno no es solo un reto de voluntad, sino una necesidad fisiológica fundamental. Mantenerse activo en esta época es una de las mejores intervenciones de salud que podemos realizar para proteger el corazón, el cerebro, el sistema inmune y el aparato musculoesquelético.

La evidencia científica demuestra que durante los meses fríos disminuye significativamente la actividad física. Al pasar más tiempo en espacios cerrados, aumenta el sedentarismo y las probabilidades de contagio de virus respiratorios. En este contexto, el ejercicio se convierte en un gran aliado, ya que mejora la función inmunitaria y ayuda al organismo a combatir infecciones.

A este escenario se suma otro desafío propio del invierno: la menor exposición solar reduce la síntesis de vitamina D, un regulador esencial del metabolismo óseo cuya función principal es facilitar la absorción de calcio. Cuando sus niveles disminuyen, también lo hace la densidad mineral ósea y, además, el déficit se ha asociado con una menor capacidad del organismo para enfrentar infecciones respiratorias. Siempre que las condiciones lo permitan, una exposición moderada al sol, junto con una alimentación adecuada y la práctica regular de actividad física, contribuyen a mantener niveles saludables.

Que haga frío no significa dejar de ejercitarse. Si las condiciones climáticas dificultan las actividades al aire libre, el hogar puede transformarse en el principal aliado para combatir el sedentarismo. Rutinas de ejercicios funcionales, utilizando el propio peso corporal o implementos simples como sillas o bandas elásticas, permiten mantener la fuerza muscular, la capacidad cardiovascular y la autonomía funcional.

Para entrenar de forma segura conviene preparar el cuerpo con un calentamiento más prolongado, privilegiando movimientos dinámicos antes de iniciar ejercicios de mayor intensidad. También es recomendable vestir por capas, mantener una hidratación adecuada —aunque la sensación de sed disminuya— y realizar ejercicio a una intensidad moderada que permita progresar sin aumentar el riesgo de lesiones.

La recomendación internacional continúa siendo acumular al menos 150 minutos semanales de actividad física aeróbica moderada, complementados con ejercicios de fortalecimiento muscular y equilibrio. No es necesario realizarlos de una sola vez: caminatas, subir escaleras o pausas activas durante la jornada, también aportan beneficios para la salud.

No existe un medicamento que reúna tantos beneficios y tan pocos efectos adversos como el movimiento. Este invierno, el desafío es no permitir que el termómetro determine nuestro estado de salud. Mantenerse activo, cuidar la vitamina D y aprovechar cada oportunidad para moverse, son parte de ese entrenamiento silencioso que fortalece el organismo y nos permite disfrutar de una vida más saludable durante todo el año.

 

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