El hígado graso, la insulinorresistencia y el cáncer de colon –enfermedades que hasta hace dos décadas se diagnosticaban casi exclusivamente en personas adultas– aparecen a edades cada vez más tempranas, incluso en niños y adolescentes chilenos, en un contexto en que los menores con sobrepeso u obesidad ya superan en número a los de peso normal, según advierten especialistas. 

El Dr. Rodrigo Valenzuela, académico de la Universidad de Chile e integrante del Comité Científico del programa Gracias a la Leche, advirtió que los datos del V Observatorio Nutricional de la Universidad Finis Terrae y Nestlé muestran la agudización de problemáticas como la obesidad infantil, la ingesta de medicamentos no prescritos y el consumo de bebida energéticas en poblaciones infantiles.

El investigador remarcó que el mismo estudio identifica una brecha de percepción entre los adultos a cargo de los niños: buena parte de ellos no cuenta con criterios claros para evaluar si sus hijos están bien alimentados, aun cuando reconocen en general qué implica un estilo de vida saludable. Esa distancia entre lo que se sabe y lo que se practica es, para el académico, parte del origen del problema.

Hasta hace pocos años, este tipo de enfermedades tardaba décadas en manifestarse: aparecía en la adultez, tras un largo período de exposición a una dieta inadecuada. Hoy ese plazo se ha acortado de forma drástica, al punto de que el diagnóstico llega mientras el paciente todavía es escolar. «Hace 20 años atrás estudiábamos el hígado graso en adultos, hoy día se estudia en niños”, señaló el investigador.

Durante años, la obesidad infantil se abordó principalmente como un problema estético o de manejo individual de la dieta, sin que existiera una estrategia sistemática para intervenir en los espacios donde los niños pasan la mayor parte del día. Los programas existentes solían depender de la voluntad de cada establecimiento o de campañas puntuales, sin incorporar de forma permanente a profesionales de la nutrición al sistema escolar.

Del sobrepeso a la enfermedad crónica

El académico sitúa a la insulinorresistencia, la diabetes y el cáncer de colon en la misma trayectoria que el hígado graso: condiciones que antes aparecían en la adultez y que hoy se detectan en pacientes jóvenes, en lo que describe como una alerta nacional. «El cáncer de colon está apareciendo en edades tempranas y uno empieza a preguntarse qué pasó con esas personas con su alimentación cuando eran niños».

Para el Dr. Valenzuela, el vínculo entre alimentación infantil y enfermedad crónica en la adultez temprana es la razón principal para intervenir antes de que los indicadores de peso se traduzcan en diagnósticos clínicos. Insiste en que la responsabilidad de lo que come un niño o un adolescente recae en los adultos a su cargo, no en el menor, porque la alimentación es determinante para el crecimiento, el desarrollo y la prevención de enfermedades.

El sedentarismo asociado al uso de pantallas se suma, en su lectura, a una dieta de mala calidad: un adolescente puede consumir alimentos de alta densidad calórica sin que su organismo procese adecuadamente esa ingesta, mientras la inactividad física favorece la acumulación de grasa por sobre el desarrollo de masa muscular. Cuanto antes se instale un hábito alimentario adecuado, sostiene el académico, más probable es que se mantenga a lo largo de la vida adulta.

El especialista agrega que el rol del adulto no se limita a decidir qué come el niño, sino a modelar ese comportamiento: cuando hay un adulto presente en la alimentación diaria, es más probable que ese mismo adulto dé también el ejemplo en otros hábitos, desde la actividad física hasta el consumo de alcohol.

Confusión y desinformación  

Parte del problema, según Valenzuela, se explica por la circulación de recomendaciones sobre alimentación infantil hechas por personas sin formación en el área. El académico describe un escenario que, dice, no anticipaba hace una década: «personas que sin tener ninguna formación pero que además no les interesa indagar realmente transmiten mensajes que no solamente son falsos sino que, si yo lo llevo a la práctica, son nocivos para la salud», advierte.

El desafío, plantea, no es solo generar conocimiento científico sobre nutrición infantil, sino lograr que llegue a la población antes que la desinformación, por lo que él y otros especialistas del área han optado por comunicar directamente los hallazgos de estudios y guías a través de sus propios canales.

Las guías alimentarias para la población chilena establecen tres porciones diarias de lácteos para todas las etapas del ciclo vital. En un niño, esa recomendación se traduce en un vaso de leche en el desayuno, un pan con queso y un yogur, según detalla el integrante del Comité Científico de Lácteos. 

El Dr. Valenzuela asocia ese hábito con un menor consumo de otras bebidas, pero que el efecto funciona también a la inversa: cuando la leche desaparece de la dieta diaria, tienden a ocupar su lugar los jugos, las bebidas gaseosas y las bebidas energéticas. «Cuando un niño toma leche, generar el hábito que tome leche blanca va a ser que estos niños consuman menos bebidas gaseosas, no aparecen las bebidas energéticas, y también protege el consumo de alcohol a edades tempranas». 

El académico es categórico en señalar que las bebidas energéticas no fueron formuladas para niños ni adolescentes y su composición química no ha sido evaluada para ese uso. «No deben consumirlas, es así de simple; no son nutritivas, no son saludables», sostiene. El Observatorio detectó además que, en los grupos de mayor edad dentro de la muestra infantil –más cercanos a la pubertad–, hay casos en que estas bebidas incluso se combinan con alcohol.

Nutricionistas en las escuelas

Ante este panorama, el académico respalda incorporar nutricionistas a los equipos profesionales de los colegios, una medida que cita ya probada en Chiloé y en comunas rurales de ingresos medios y bajos, donde se trasladó a nutricionistas de los centros de salud familiar a los establecimientos educacionales.

«Yo creo que es viable porque el costo de no enfrentar el problema es mucho mayor, y hay experiencia, una experiencia muy bonita en Chiloé, hay otras experiencias en comunas rurales», afirma el integrante del Comité Científico de Lácteos, instancia impulsada por el Consorcio Lechero y que agrupa a investigadores de diversas universidades chilenas.

El modelo que describe combina talleres educativos con los niños, orientación a las familias y coordinación con los programas de alimentación escolar existentes, con la meta de sostener el peso mientras el niño continúa creciendo, en lugar de buscar una baja de peso directa. El académico remarca que la medida no implica un gasto extraordinario, porque se apoya en personal que el sistema de salud ya tiene disponible: «son intervenciones que no son brutalmente caras porque es un recurso humano que ya tenemos en el sistema de salud».

Para Valenzuela, ese tipo de intervención temprana es, en última instancia, la forma más directa de cerrar la distancia entre lo que hoy revela el observatorio y las enfermedades que busca evitar: cuanto antes se instale el hábito correcto, menor es la probabilidad de que, dos décadas después, ese mismo niño termine siendo diagnosticado con una enfermedad que antes solo se veía en adultos (Por Luis Francisco Sandoval, Agencia S&M Comunicaciones).

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