En tiempos de inicio de un nuevo año, y en un momento en donde nuestro país se enfrenta a un proceso de transición gubernamental, resulta necesario detenernos a reflexionar sobre aquellos desafíos que no siempre ocupan titulares, pero que son fundamentales para el futuro desarrollo del país, dentro de los cuales destaca el fortalecimiento y la promoción de la familia. 

La familia no es solo una institución relevante desde el punto de vista social, erigiéndose como la estructura más antigua de la humanidad, incluso existiendo antes que el Estado, sino que también constituye el primer espacio donde se transmiten valores y donde las personas aprenden a confiar, a cuidar, a responsabilizarse del otro y a comprender que la vida se construye en relación. Además, todas las políticas terminan impactando directa o indirectamente en ella. Asimismo, es desde la familia que se sostienen, mantienen o transforman las dinámicas sociales que dichas políticas buscan mejorar.

Sin embargo, durante las últimas décadas, las decisiones gubernamentales han ido desplazando progresivamente su foco, transitando desde una mirada familiar, hacia un enfoque centrado casi exclusivamente en la autonomía individual. Este giro ha promovido una concepción de la persona desligada de sus vínculos, como si la libertad pudiera ejercerse al margen de toda responsabilidad relacional. Como ciudadanos no podemos quedar ajenos al resultado, pues hemos ido perdiendo el sentido de corresponsabilidad con los otros, especialmente con los más vulnerables.

Lamentablemente, en Chile existe un conocimiento limitado respecto de las familias, no hay certeza de cuántas familias hay, pues las cifras existentes hablan de hogares, siendo estos alrededor de 6,6 millones (INE, 2024). En razón a lo anterior, el Estado asigna beneficios sociales a partir de la información y antecedentes contenidos en el Registro Social de Hogares; por su parte, los contribuyentes tributan de forma individual; en tanto las familias ¿En qué manera son consideradas por el Estado? Si bien existen algunas consideraciones en ámbitos asociados a los dividendos hipotecarios o gastos en educación, estos son mínimos. Claramente lo anterior, no contribuye a considerar las verdaderas necesidades de las familias, menos aún a fortalecerlas, es más, en ocasiones puede incluso desincentivarlas.

Fortalecer la familia no implica negar la libertad individual, sino comprender que esta sólo se realiza plenamente cuando se ejerce en relación con otros. Pensar en el Chile que viene en los próximos años exige recuperar una mirada más integral de la persona, una que reconozca sus fundamentos antropológicos, valorando que nadie se construye solo y que el cuidado mutuo no es un obstáculo para el desarrollo, sino su condición más profunda.

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Equipo Prensa
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