En 2024, la UNESCO, con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos, desarrolló un informe que reveló que el acceso al deporte de las mujeres y las niñas sigue estando por detrás de la realidad que gozan los hombres. En su análisis, el organismo apuntó a la violencia de género, la visibilidad femenina en cargos de responsabilidad deportiva, cobertura mediática, inversión, entre otros factores, como los responsables de la situación.

Sin embargo, hay una arista escasamente cubierta por este tipo de sondeos, que es la relación entre la adherencia de las mujeres al deporte y la variación de su ciclo hormonal. Así lo explica Sonia Roa, kinesióloga y subdirectora del Centro Académico de Salud y Estilos de Vida de la Universidad del Desarrollo: “Existe una relación fisiológica real, mediada principalmente por la fluctuación de estrógenos y progesterona a lo largo del ciclo menstrual. Estas hormonas influyen en variables clave para el rendimiento como el metabolismo energético, la respuesta cardiovascular, la función neuromuscular y la percepción del esfuerzo”.

Durante el ciclo hormonal, lo que tiende a ocurrir en la fase folicular (cuando predominan los estrógenos) es que muchas mujeres experimentan una mayor tolerancia al ejercicio y mejor recuperación. En cambio, en la fase lútea (caracterizada por un aumento de la progesterona) puede haber mayor sensación de fatiga y un costo fisiológico más alto para el mismo esfuerzo.

En general, los síntomas de la fluctuación hormonal al ejercitarse incluyen variaciones en los niveles de energía y en la frecuencia cardiaca, una mayor sensación de fatiga e incluso molestias digestivas, distensión abdominal o dolor pélvico durante la menstruación. También, desde lo mental y emocional, las mujeres pueden presentar cambios en la motivación, concentración y el estado de ánimo. 

“Ahora bien, es importante ser muy claros en esto: la evidencia muestra una alta variabilidad entre mujeres. Por lo tanto, no se trata de una regla rígida, sino de una tendencia fisiológica que debe interpretarse de manera individual”, aclara Roa.

¿Cómo influye en la adherencia al deporte?

Según la kinesióloga, la relación entre el ciclo hormonal y la permanencia de las mujeres en el deporte “influye de manera significativa y este es un punto crítico desde la salud pública y el cambio de conducta”.

Esto porque el grueso de las rutinas de ejercicio está diseñado bajo una lógica lineal, estable en el tiempo que, por lo mismo, se ajusta mejor a la fisiología masculina. Pero el cuerpo de las mujeres es dinámico y se comporta de manera cíclica.

“Cuando una mujer intenta sostener una rutina rígida sin considerar estas fluctuaciones, es frecuente que experimente días de menor rendimiento o mayor esfuerzo percibido, lo que puede generar frustración, sensación de fracaso y, finalmente, abandono. En ese sentido, muchas veces el problema no es la falta de disciplina, sino un desajuste entre la propuesta de entrenamiento y la fisiología de la mujer”, comenta. 

Si bien se trata de un campo en desarrollo, la especialista refuerza la necesidad de realizar estudios que permitan establecer recomendaciones específicas y generalizables. Y, más que prescribir rutinas fijas según las fases del ciclo, apuntar a promover la autorregulación, esto es, que la mujer pueda ajustar la intensidad, el volumen o el tipo de entrenamiento en función de cómo se siente en cada momento.

“Esto es algo que va más allá del rendimiento y comprenderlo es clave porque implica reconocernos como personas cíclicas. No somos lineales. Cuando incorporamos esta mirada dejamos de juzgarnos negativamente en los días en que rendimos distinto y comenzamos a escucharnos, respetar mejor nuestros propios ritmos, mejorar la adherencia y la relación con el ejercicio y también la forma en que nos percibimos a nosotras mismas en el proceso”, concluye.

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