– Estudios recientes posicionan a la leche y sus derivados como un componente estructural de la dieta desde la gestación hasta los 18 años, con beneficios documentados sobre el desarrollo óseo, cognitivo e inmunológico que se extienden en el largo plazo.
– En Chile, sin embargo, solo un 25% de la población alcanza las tres porciones diarias recomendadas: las embarazadas no cubren sus requerimientos y los mitos sin respaldo clínico han acelerado una caída del consumo con consecuencias sobre la salud ósea.
Los lácteos no son un alimento de etapa: son un continuo. Comienzan con la leche materna en los primeros meses de vida y se extienden, bajo otras formas, a lo largo de toda la infancia y la adolescencia. Así lo expone un análisis formulado por Vanessa Arias Figueroa, nutricionista y académica del Departamento de Pediatría y Cirugía Infantil de la Universidad de La Frontera, quien sostiene que la leche, en sus distintas presentaciones, cumple un rol estructural en la dieta desde la gestación y en las diferentes etapas del ciclo vital.
Sus efectos sobre la salud, enfatiza, no se agotan en los primeros mil días, sino que se proyectan hacia la vida adulta.
En Chile, sin embargo, el consumo efectivo de lácteos se mantiene por debajo de las recomendaciones. Las guías alimentarias vigentes recomiendan al menos tres porciones diarias para niños desde los dos años y cuatro para madres lactantes, pero solo un cuarto de la población cumple esa meta. En algunos grupos, menos del 25% alcanza el consumo recomendado, una brecha que el sistema de salud puede identificar y abordar en cada control pediátrico y prenatal, pero que hasta ahora no ha logrado cerrar.
La caída, advierte la especialista, está alimentada por mitos que circulan sin respaldo clínico, por el reemplazo de lácteos con bebidas vegetales presentadas como equivalentes, y por una desinformación sostenida que las redes sociales han amplificado en todas las franjas etarias. El resultado es un déficit silencioso cuyas consecuencias más graves, fractura de cadera, osteoporosis, menor estatura no se manifiestan en la infancia sino décadas después, cuando la ventana de corrección ya se cerró.
Un mismo alimento, distintas formas
El vínculo con los lácteos comienza antes del nacimiento. Durante el embarazo, las necesidades de calcio se elevan para sostener el desarrollo óseo del feto y, cuando la ingesta dietaria resulta insuficiente, el organismo materno recurre a sus propias reservas óseas para compensar el déficit. Este mecanismo se intensifica durante la lactancia: el cuerpo prioriza la composición nutricional de la leche producida, incluso a costa de la mineralización ósea de la madre.
Por eso, las guías del Ministerio de Salud elevan a cuatro las porciones diarias recomendadas de lácteos para las madres durante los primeros seis meses postparto. La leche materna representa la expresión más completa del perfil nutricional lácteo: contiene proteínas, grasas, lactosa, minerales, células vivas, factores inmunológicos y compuestos bioactivos que no han podido ser replicados por ninguna fórmula. Pero su período es acotado.
A partir de los dos años, son los lácteos de origen animal (leche de vaca, yogur, quesos) los que sostienen ese continuo, aportando calcio, proteínas de alto valor biológico, vitaminas del complejo B y vitamina D en proporciones y biodisponibilidades que ningún otro grupo alimentario iguala.
«Los lácteos acompañan el desarrollo humano a lo largo de toda la vida: la leche puede ser materna en una etapa y de origen animal en otra, configurando un continuo que no se agota en los primeros mil días, sino que mantiene su relevancia en cada etapa posterior.» A esto se suma la necesidad de desmitificar una premisa que se ha instalado erróneamente en el imaginario colectivo: la idea de que los seres humanos son la única especie que consume leche de otros animales.
Entre los dos y los dieciocho años, la recomendación se mantiene en tres porciones diarias. Ese rango cubre el período en que se acumula la mayor parte de la reserva ósea que una persona dispondrá el resto de su vida.
Estudios en más de 38.000 adolescentes japoneses establecieron una relación dosis-respuesta directa entre ingesta de leche y yogur y fuerza ósea. En mujeres postmenárquicas, menor consumo de leche se tradujo en valores significativamente más bajos de densidad mineral ósea lumbar. La infancia y la adolescencia no son una etapa de preparación para la salud adulta: son la salud adulta en construcción.
En Chile, cumplir esa recomendación es la excepción. Menos del 25% de la población alcanza las tres porciones diarias. La brecha es especialmente pronunciada en sectores con mayor vulnerabilidad nutricional, donde los lácteos no son un alimento complementario sino un factor determinante de la trayectoria de crecimiento. Para esos niños y niñas, el déficit no se recupera: la masa ósea que no se acumula antes de los 30 años no se recupera después.
«Las guías alimentarias recomiendan consumir tres porciones de lácteos al día, pero las cifras son bajas. Solo un cuarto de la población cumple esta recomendación”, cuestiona Arias, quien es coordinadora las Jornadas de Nutrición Infantil de la UFRO, actividad apoyada por el programa Gracias a la Leche del Consorcio Lechero.
La nutrición materna durante la lactancia es una dimensión subvalorada del continuo lácteo. El organismo de la madre no espera a que la dieta cubra los requerimientos: moviliza calcio desde sus propios huesos para garantizar la composición mineral de la leche, con independencia de lo que ella consuma.
Si esa movilización no es compensada por una ingesta adecuada, la desmineralización se sostiene en el tiempo y eleva el riesgo de osteopenia y osteoporosis en etapas posteriores de la vida. El cuerpo prioriza al lactante; lo hace a expensas de la madre.
«La salud de la madre tiende a descuidarse durante la lactancia, aunque es precisamente en esta etapa cuando sus reservas se ponen más a prueba. Por ello, durante este período se recomienda aumentar el consumo de lácteos a cuatro porciones diarias, con el doble objetivo de proteger la salud materna y asegurar la calidad nutricional de la leche. Cuando la ingesta es insuficiente, el organismo prioriza la composición de la leche producida, pero lo hace a expensas de la mineralización ósea de la madre, con consecuencias que pueden manifestarse años después», advierte la académica de la UFRO.
El Programa Nacional de Alimentación Complementaria (PNAC) del Ministerio de Salud de Chile da respuesta a esta necesidad mediante la entrega gratuita de Purita Mamá a gestantes y madres lactantes de todo el país, independientemente de su sistema previsional. Esta bebida láctea, enriquecida con vitaminas, minerales y ácidos grasos esenciales, entre ellos calcio, vitamina D3, DHA y EPA, cumple un doble propósito: reponer los minerales movilizados desde los huesos durante el embarazo y la lactancia, y aportar a través de la leche materna ácidos grasos de mayor impacto en el neurodesarrollo infantil.
Sin embargo, las embarazadas y madres lactantes tampoco alcanzan las porciones recomendadas, lo que convierte al control prenatal y pediátrico en la instancia más eficiente para cerrar esa brecha. Proteger la nutrición materna es, en ese sentido, una intervención sobre los dos extremos del continuo al mismo tiempo: la salud de quien amamanta y el neurodesarrollo de quien es amamantado. «Menos del 25% cumple con las recomendaciones y las embarazadas tampoco alcanzan las porciones”, explica Vanessa Arias.
Disminución en el consumo de leche
La caída en el consumo de lácteos en Chile y en varios países de ingresos altos no es una tendencia espontánea. De hecho, tiene causas identificables, plantea la investigadora.
Evidencia internacional documenta que en las últimas dos décadas el consumo de leche disminuyó en Europa Occidental y Estados Unidos como consecuencia directa de creencias sin respaldo científico. En Chile, esa misma dinámica se reproduce con tres mitos de impacto especialmente alto: los lácteos engordan, la intolerancia a la lactosa es generalizada, y las bebidas vegetales son un sustituto equivalente.
La asociación entre lácteos y obesidad es el mito más extendido y mejor refutado. Ensayos clínicos controlados muestran que los lácteos no causan ganancia de peso y que, en combinación con restricción calórica, mejoran la composición corporal. El patrón dietario que sí se asocia a obesidad infantil es precisamente el que resulta de reemplazar los lácteos por bebidas azucaradas y ultraprocesados: la conducta que adoptan frecuentemente las familias que evitan los lácteos por ese mito termina produciendo el efecto que buscaban prevenir.
La paradoja tiene como consecuencias mayor adiposidad, peor calidad de la dieta y menor ingesta de micronutrientes críticos. «Existen muchos mitos que han desincentivado el consumo de lácteos. Muchas personas se autodiagnostican intolerancia a la lactosa sin evaluación médica, y además se ha instalado la idea de que las bebidas vegetales son equivalentes, lo que no es así. La evidencia científica contradice estas ideas y las redes sociales han amplificado estos mensajes”, añade Arias.
La intolerancia a la lactosa tampoco justifica la eliminación de todos los lácteos. La intolerancia primaria, la más frecuente, no se manifiesta antes de los dos años, y productos como el yogur, los quesos maduros y la leche cultivada son bien tolerados incluso en casos clínicamente confirmados, dado su bajo contenido de lactosa por fermentación. La eliminación sin diagnóstico genera déficit de calcio, vitamina D, vitamina B12 y proteínas de alto valor biológico, con consecuencias sobre la mineralización ósea y el crecimiento lineal infantil.
Las bebidas vegetales, por su parte, presentan hasta diez veces menos calcio biodisponible que la leche y carecen de los compuestos bioactivos documentados para el neurodesarrollo y la función inmune. La academia expone que “si cuidamos la alimentación de nuestros niños y niñas, vamos a tener personas que crecen sanas, que se enferman menos en la vida adulta y que generan una menor carga para los sistemas de salud. Promover, proteger y apoyar la lactancia materna es tanto una recomendación clínica como una decisión de salud pública”.
En su análisis, revertir la caída en el consumo de lácteos exige intervenir en dos frentes simultáneos: estrategias de política pública, con programas como el PNAC que garantizan acceso en los grupos más vulnerables, y la educación nutricional, que permita desmontar los mitos en el momento en que se instalan. Cada control pediátrico y cada consulta prenatal es una oportunidad concreta para ese trabajo. El “continuo lácteo” requiere decisiones cotidianas informadas, desde la gestación hasta el fin de la adolescencia (Por Luis Francisco Sandoval, Agencia S&M Comunicaciones).




















