Claudia Riquelme Perito Forense Académica Psicología UNAB
Cada vez que se conoce un caso de secuestro virtual, muchos se preguntan cómo alguien puede permanecer horas al teléfono obedeciendo instrucciones de desconocidos, aislándose de su entorno y actuando bajo amenazas sin concreción física real. Sin embargo, este tipo de delitos genera un profundo impacto sobre las víctimas que se logra utilizando una dinámica diseñada para quebrar, a través de gritos y amenazas, la capacidad de análisis de cualquier persona.
El reciente caso de una veterinaria que fue manipulada durante cerca de cinco horas por delincuentes que simulaban una atención a domicilio es un ejemplo de la complejidad de estas extorsiones. Mientras ella permanecía bajo amenaza, sus familiares recibían llamadas donde les aseguraban que estaba secuestrada y exigían hasta diez millones de pesos para liberarla. Aunque nunca existió un cautiverio físico, sí hubo un sometimiento psicológico real y extremadamente invasivo.
Es importante comprender que el secuestro virtual no se sostiene únicamente en el engaño verbal. Se basa principalmente en la activación intensa de mecanismos de supervivencia. Los delincuentes buscan instalar un estado de alarma inmediata relacionado con el posible daño hacia un ser querido. Cuando una persona entra en un nivel elevado de ansiedad y temor, el cerebro deja de operar desde la reflexión pausada y comienza a responder desde la urgencia y la autoprotección. En ese contexto disminuye la capacidad crítica, se dificulta contrastar información y se pierde claridad para evaluar si aquello que ocurre tiene sentido o no.
La manipulación además opera sobre un elemento emocional muy profundo. Los agresores logran instalar la idea de que desobedecer pone en riesgo la vida de alguien cercano. La víctima comienza entonces a sentir que cortar la llamada, pedir ayuda o desconfiar podría convertirla en responsable de una posible tragedia. Se produce una presión psicológica donde el miedo se mezcla con la culpa y con el deber de proteger a otros.
A esto se suma el uso deliberado de estímulos auditivos intensos. Gritos, llantos, amenazas, voces desesperadas o ruidos confusos utilizados para saturar emocionalmente a la persona y provocar un colapso de sus capacidades. El objetivo es impedir que piense con claridad y mantenerla permanentemente en estado de tensión. Mientras más angustiada se encuentra una víctima, más difícil le resulta recuperar el control racional sobre lo que está ocurriendo.
Otro aspecto relevante es que los delincuentes aíslan a la persona, la mantienen ocupada durante horas y le impiden contactar a terceros para verificar información o detenerse a reflexionar. A través de órdenes coercitivas y amenazas constantes construyen una relación de sometimiento basada en el miedo. La víctima termina obedeciendo no porque sea ingenua o débil, sino por la dinámica altamente invasiva con que operan, que altera temporalmente su capacidad de respuesta.
Muchas de estas bandas, además, utilizan información obtenida desde redes sociales para dar credibilidad al relato. Nombres de familiares, rutinas, lugares frecuentes o antecedentes personales permiten construir amenazas aparentemente reales y altamente convincentes. La sensación de vulnerabilidad aumenta cuando el delincuente demuestra conocer aspectos íntimos de la vida cotidiana de la víctima.
Por eso no debemos creer que solo determinadas personas pueden caer en este tipo de engaños. Una manipulación psicológica bien ejecutada, especialmente cuando se activan emociones tan intensas como el miedo, la culpa y la desesperación, puede afectar a muchas personas y, aunque no exista un encierro físico, sí existe una experiencia de terror, vulneración y sometimiento.






















