Daniela era mi compañera en primero medio cuando se quitó la vida a los 15 años. No éramos amigas y en ese entonces jamás imaginé que nuestro entorno pudo haber hecho algo para evitarlo. Hoy, con la perspectiva del tiempo y de cara a un nuevo Día Mundial de la Prevención del Suicidio, su recuerdo me aprieta el pecho.

Llevo más de veinte años trabajando con personas autistas y sus familias. Al recordar a Daniela, me doy cuenta de que esas características que en los noventa tachábamos de rarezas, como su timidez extrema o la ausencia total de contacto visual, hoy las entenderíamos de otra forma. Me demoré tres décadas en ver que probablemente era autista y que su soledad nunca fue una elección. Ese aislamiento silencioso es precisamente la pieza que ignoramos cuando debatimos sobre salud mental.

Cada septiembre nos llenamos de campañas y manuales para detectar señales de alarma. Todo eso es vital y la atención especializada salva vidas. Pero hay una parte de la conversación que siempre queda relegada al final de la pauta. Me refiero a la vida cotidiana, a los vínculos, a tener la certeza de que alguien nos espera.

El sufrimiento rara vez tiene una sola causa. A veces hay un cuadro clínico claro. Sin embargo, con frecuencia el detonante es la acumulación de soledad. Hablamos de años de aislamiento, de sentir que no se encaja y de rechazos repetidos. La investigación reciente sobre suicidio en personas autistas lo confirma. El riesgo se dispara cuando se suman experiencias de exclusión social y el agotamiento brutal que significa fingir ser otro para ser aceptado. Ese desgaste destruye a cualquiera.

Esta reflexión va mucho más allá de la neurodivergencia. Vivimos en una época que se declara preocupada por la salud mental, pero hemos reducido el bienestar a un asunto exclusivamente clínico. Es como si la única respuesta estuviera en un psiquiatra o una pastilla. Ninguna sociedad puede pretender sanar si al mismo tiempo genera espacios donde miles de personas son invisibles.

La verdadera prevención ocurre fuera de las consultas. Pasa en los colegios cuando dejamos de ignorar al alumno que siempre queda marginado. Pasa en las universidades y en los trabajos donde la diferencia no se castiga. El concepto de pertenencia casi no existe en las políticas públicas, pero es la necesidad humana más básica. Cuando se le pregunta a las propias personas autistas qué ayuda a prevenir el suicidio, no piden solo líneas de emergencia. Piden aceptación, comunidad y un lugar propio.

Este 10 de septiembre volveremos a hablar de riesgo suicida y es urgente hacerlo. Pero el esfuerzo será estéril si no dedicamos tiempo a responder una pregunta mucho más profunda. Qué estamos haciendo desde nuestros espacios para que las personas sientan que vale la pena quedarse.

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