Imagine que, al cumplir cierta edad, los demás comienzan a hablar por usted sin preguntarle. Organizan sus actividades, interpretan sus necesidades y deciden qué le conviene. Todo parece hacerse con buenas intenciones. Sin embargo, su opinión empieza a ocupar un lugar secundario. ¿Aceptaría esa forma de vivir? ¿Por qué podríamos considerarla adecuada para una persona mayor?

En Ñuble, donde las personas de sesenta años o más representan el 23,3% de la población según el Censo 2024, esta pregunta debiera orientar nuestras decisiones públicas. El envejecimiento nos exige revisar cómo reconocemos a quienes siguen trabajando, aprendiendo, participando y construyendo proyectos. La autovalencia merece atención precisamente porque conservarla permite sostener muchas de esas posibilidades.

La Ley 21.822, Integral de las Personas Mayores y de Promoción del Envejecimiento Digno, Activo y Saludable, ofrece una oportunidad para avanzar. Publicada en junio de 2026 y con entrada en vigencia para junio de 2027, reconoce derechos vinculados con la autonomía, la educación, la salud y la participación comunitaria. Además, contempla una Política Nacional de Envejecimiento y acciones de salud temprana y preventiva. Su relevancia estará en cómo esas disposiciones se traduzcan en experiencias cotidianas.

Llevar estos derechos a la práctica exige que la prevención y los apoyos respondan a los proyectos de vida de las propias personas mayores. Una de las primeras tareas es revisar la coherencia de los criterios de acceso. Reconocemos como persona mayor a quien cumple sesenta años, mientras el Examen de Medicina Preventiva del Adulto Mayor comienza a los 65. Las personas de sesenta a sesenta y cuatro años tienen otras prestaciones y pueden acceder al programa Más Adultos Mayores Autovalentes, pero quedan fuera de esa evaluación específica. Cabe preguntarse si estamos aprovechando suficientemente esos años para identificar riesgos y preservar capacidades.

La respuesta requiere estrategias que acompañen la vida que las personas desean llevar. Evaluar la funcionalidad desde etapas más tempranas debe conectarse con oportunidades accesibles de actividad física, educación, estimulación cognitiva y encuentro comunitario. Para alguien que vive en un sector rural, disponer de transporte puede ser tan decisivo como contar con un taller. La pertinencia de una política se juega también en esas condiciones concretas.

También debemos escuchar qué significa envejecer bien para cada persona. Algunas querrán seguir trabajando; otras, descansar, estudiar o recuperar intereses postergados. Preservar la autovalencia no puede convertirse en otra exigencia de productividad. Asimismo, necesitar ayuda tampoco debiera significar perder el derecho a decidir. Las personas mayores deben participar en el diseño y la evaluación de las iniciativas que las involucran.

En Santo Tomás Chillán, esta mirada orienta la formación de técnicos en salud. Escuchar, explicar y respetar decisiones son capacidades que enseñamos y evaluamos durante la formación teórica y práctica. Ese es parte de nuestro compromiso con Ñuble: preparar técnicos que reconozcan a cada persona como protagonista de su atención. Porque el derecho a ser escuchado debe mantenerse también cuando necesitamos que alguien nos cuide.

Jannets Escobar Astroza
Enfermera
Jefa de Carreras Clínicas Área Salud, Santo Tomás Chillán