Cuando terminan las etapas hospitalarias -la cirugía, la quimioterapia, la radioterapia-, la mayoría de las pacientes y sus familias respiran aliviadas pensando que ahí se cierra el capítulo del tratamiento. No es así. Para un porcentaje significativo de mujeres, ese momento marca el inicio de una fase igual de decisiva, aunque mucho menos visible: la hormonoterapia oral prolongada, que puede extenderse entre 5 y 15 años con el objetivo de evitar que la enfermedad reaparezca.
Cuando el tumor responde a estímulos hormonales -que son, de hecho, los casos más frecuentes- se indica la llamada terapia hormonal adyuvante: una píldora diaria que debe tomarse, literalmente, durante años. «Es una etapa que ocurre lejos del hospital, en la casa, en la rutina diaria. Y ahí es donde más se necesita acompañamiento, porque los efectos pueden sentirse a diario, aunque el tratamiento esté funcionando», explica Juan Carlos Calderón, químico farmacéutico de Farmacias Ahumada.
El profesional subraya que “los principios activos, como los moduladores selectivos de los receptores estrogénicos o los inhibidores de la aromatasa, son fundamentales para bloquear el estímulo hormonal sobre las células tumorales y reducir el riesgo de recurrencia de forma muy significativa. Sin embargo, algunos efectos adversos frecuentes -como bochornos, fatiga, dolores articulares o abdominales, náuseas y resequedad bucal- son la causa de que hasta un 30% de las pacientes abandonen o interrumpan su terapia por iniciativa propia, aunque estos efectos pueden manejarse con la orientación adecuada”.
Lo que sigue después del hospital
Un estudio realizado en 2024 por la Universidad Autónoma de Chile puso en números algo que muchos especialistas venían observando en la práctica clínica: la adherencia a la hormonoterapia no se mantiene estable con el tiempo, sino que se erosiona progresivamente. Pasa de un 95,3% durante el primer año a apenas 69,5% al quinto. En otras palabras, tres de cada diez pacientes dejan el tratamiento antes de completarlo, y esto ocurre a pesar de que es gratuito y, en general, bien tolerado.
¿Por qué se abandona un tratamiento que puede ser la diferencia entre una recaída y una vida sin cáncer? «Muchas veces la persona decide bajar la dosis o dejar de tomarlo porque se siente mejor o porque los efectos le molestan, sin saber que eso puede reducir la protección que el tratamiento ofrece contra una recaída», advierte Calderón. Por eso insiste en algo que suena obvio pero que en la práctica se pasa por alto con frecuencia: consultar cualquier molestia con el equipo tratante o, si es más accesible, directamente en la farmacia.
Hay otro punto que el farmacéutico marca con especial cuidado: el uso no supervisado de productos naturales o suplementos de venta libre, como los fitoestrógenos, que pueden interactuar negativamente con la eficacia del tratamiento hormonal. En cambio, sí recomienda -siempre bajo supervisión- la incorporación de nutrientes como el calcio y la vitamina D, claves para proteger la salud ósea durante estos años de terapia.
A esto se suma algo que parece de sentido común, aunque no siempre se practica: acompañar la terapia farmacológica con hábitos de vida saludables, ejercicio regular, una alimentación balanceada y controles médicos periódicos según indique el especialista tratante. Todo eso, dice Calderón, permite atravesar el proceso con una calidad de vida considerablemente mejor. «Acompañar el tratamiento día a día, entender sus efectos y no enfrentarlo en soledad es una forma concreta de cuidarse durante todo el proceso, no solo en el hospital, sino también en casa», resume.
El cáncer de mama es, por lejos, la enfermedad oncológica que más vidas de mujeres se lleva en Chile. El Ministerio de Salud, a través de su Departamento de Estadísticas e Información (DEIS), informó que el año 2024 fallecieron 1.840 mujeres por esta causa: un incremento de 2,6% con relación a 2023, y la cifra más alta que se ha registrado en el país, lo que equivale a cinco muertes por día. Por su parte, el Observatorio Global del Cáncer (Globocan) registró 5.141 nuevos diagnósticos durante ese mismo año.
Esos números dejan una lección incómoda pero necesaria: la batalla contra el cáncer de mama no se gana sólo en el pabellón o durante las sesiones de quimioterapia. También se gana -o se pierde- en la constancia silenciosa del día a día, en esa “pastilla” que hay que tomar todos los días durante años, aunque no duela y aunque no se vea. Hoy, sostener el tratamiento hormonal a pesar de sus molestias es una de las decisiones con mayor impacto real en la sobrevida de miles de mujeres. Y por eso merece la misma atención, el mismo cuidado y acompañamiento que cualquier otra etapa del proceso oncológico.

























