Chile envejece y sus hogares también necesitan adaptarse. Prevenir accidentes domésticos no solo implica reducir riesgos, sino también favorecer la autonomía, la seguridad y el derecho de las personas mayores a continuar desarrollando una vida cotidiana significativa.
Nuestro país está experimentando una transformación demográfica que plantea nuevos desafíos para las familias y la sociedad. Según el Censo 2024 las personas de 65 años o más representan el 14% de la población, más del doble que en 1992, cuando alcanzaban el 6,6%. A ello se suma que el 11,6% de los hogares está conformado exclusivamente por personas de este grupo etario. Estas cifras reflejan una sociedad que envejece, con nuevas formas de convivencia y necesidades que invitan a repensar las condiciones de nuestros hogares.
Sin embargo, envejecer no significa necesariamente perder independencia o requerir asistencia permanente. Muchas personas mayores mantienen una vida activa, participan en sus comunidades y desarrollan sus actividades cotidianas de manera autónoma. El desafío está en reconocer que, con el paso del tiempo, pueden producirse cambios físicos, sensoriales o cognitivos que hacen necesario revisar las condiciones del entorno para prevenir accidentes y favorecer un envejecimiento activo y saludable.
La prevención comienza con modificaciones sencillas que pueden marcar una diferencia importante. Mejorar la iluminación de pasillos y escaleras, retirar alfombras sueltas, mantener despejadas las zonas de circulación y evitar cables u objetos en el suelo contribuye a disminuir el riesgo de caídas. En baños y dormitorios, incorporar superficies antideslizantes, barras de apoyo cuando sean necesarias y facilitar el acceso a objetos de uso frecuente permite desarrollar actividades como bañarse, vestirse o desplazarse con mayor seguridad.
No obstante, las adaptaciones deben responder a las características y necesidades de cada persona. No es lo mismo adecuar una vivienda para alguien que presenta dificultades de movilidad que para una persona con alteraciones visuales o cognitivas. En este último caso, mantener una organización reconocible de los espacios, favorecer la orientación y evitar modificaciones innecesarias puede ser tan relevante como incorporar elementos de seguridad.
Resulta fundamental comprender que la prevención no debe transformarse en sobreprotección. Con frecuencia, las familias, buscando evitar accidentes, comienzan a restringir actividades que las personas mayores todavía pueden realizar. Aunque estas decisiones surjan desde el cuidado, también pueden limitar sus oportunidades de participación, afectar su confianza y disminuir progresivamente su autonomía.
Promover entornos seguros implica observar las actividades cotidianas, identificar posibles riesgos y construir soluciones junto a las propias personas mayores, respetando sus preferencias, capacidades y decisiones. Asimismo, es importante reconocer que no todas las familias cuentan con los mismos recursos para realizar modificaciones, por lo que las estrategias preventivas deben considerar las distintas realidades sociales y habitacionales.
Envejecer con dignidad no significa vivir sin riesgos, sino contar con condiciones que permitan afrontarlos de manera segura, manteniendo la posibilidad de elegir, participar y continuar haciendo aquello que da sentido a la vida cotidiana. Porque adaptar un hogar no debería significar limitar la vida de quienes lo habitan, sino ampliar sus oportunidades para seguir viviéndola plenamente.
Daniela Estobar Alvarado
Académica Escuela de Terapia Ocupacional
Universidad Andrés Bello


























