Cecilia González, investigadora de la Universidad del Desarrollo, explica que, dado lo grave y mortal que podría llegar a ser, no se debe esperar a que aparezcan todos los síntomas para consultar a un especialista.

Desde el año 2009, cada 5 octubre la Organización Mundial de la Salud (OMS) conmemora el Día de la Meningitis, con el objetivo de concientizar sobre esta enfermedad que puede provocar discapacidades permanentes o incluso causar la muerte en cuestión de horas. Y su meta es clara: derrotar la meningitis para el año 2030.

De hecho, el organismo la declara como “una enfermedad devastadora” y sigue siendo un desafío importante para la salud pública mundial, agravado por epidemias en algunas regiones que pueden propagarse entre países, lo que supone un riesgo de brotes globales si no se gestiona eficazmente.

Cecilia González, infectóloga e investigadora del Instituto de Ciencias e Innovación en Medicina (ICIM) de la Universidad del Desarrollo (UDD) explica que “la meningitis es una inflamación de las meninges, que son las membranas que envuelven el cerebro y la médula espinal. Es una condición grave que afecta principalmente a lactantes, niños y personas mayores que, sin una atención médica oportuna, podría resultar mortal o provocar severas secuelas neurológicas”.

Si bien esta enfermedad puede ser causada por virus o bacterias, la infección provocada por éstas últimas -meningococo, neumococo o Haemophilus influenza tipo b (Hib), entre las más frecuentes- es la más peligrosa y se considera una emergencia médica. “No se debe esperar a que aparezcan todos los síntomas, la atención inmediata reduce de manera drástica el riesgo de secuelas permanentes o riesgo vital”, enfatiza la infectóloga.

En Chile, según el Informe Epidemiológico Anual de Enfermedad Meningocócica de 2024 de la Subsecretaría de Salud Pública, el meningococo -bacteria que puede invadir diferentes partes del cuerpo provocando graves infecciones como septicemia- fue el principal agente causal de la afección y se confirmaron 95 casos, superior a lo esperado, según la mediana quinquenal entre 2017 y 2023, cuando se reportaron 69.  

Los menores de un año presentaron la incidencia más alta (5,5 por 100 mil habitantes), seguida del grupo de 1 a 4 años (0,8 por 100 mil), superior a lo observado el año 2023 y similar a los años prepandémicos. Además, en 2024 se reportaron 12 fallecidos, un 25% más que el 2023, cuando se registraron 9 muertes por esta causa.

En tanto, en el Informe Epidemiológico Anual de Meningitis Bacterianas de 2025 se observó una mayor incidencia de la enfermedad, retornando a niveles similares a los observados antes de 2020. El estudio confirmó 386 casos de meningitis bacterianas de distintas etiologías con un total de 35 fallecidos, es decir, la tasa de mortalidad fue de 0,17 casos por cien mil habitantes.

Al respecto, Cecilia González explica que en los años de pandemia no se registraron muchos casos precisamente por las medidas preventivas como las cuarentenas, distancia social y uso de mascarillas, pero que «ahora ya estamos volviendo a la realidad».

La importancia de la vacunación

La académica de la UDD señala que “no hay una única vacuna contra la meningitis bacteriana, porque la enfermedad es causada por distintos microorganismos; existen algunas muy efectivas contra las bacterias más peligrosas, que forman parte del calendario del Programa Nacional de Inmunizaciones (PNI) y se administran a lactantes y niños pequeños, como las vacunas contra el Meningococo B, Meningococos ACWY, Neumococo y Hexavalente (que confiere protección contra Hib)”.

Y destaca que, si bien la vacunación no evita el contagio, «es la principal herramienta de prevención y la más efectiva. Protege contra la pérdida de vidas, evita secuelas graves a largo plazo e impide brotes en la comunidad al frenar la transmisión comunitaria”. 

Factores de riesgo

Según la especialista, entre los principales factores de riesgo se reconocen: ser menor de 5 años o mayor de 65 y no estar al día con el esquema de vacunación. Sin embargo, agrega, también existen otros como vivir en lugares concurridos o hacinados tales como internados, residencias estudiantiles, campamentos o recintos militares; sistema inmunológico alterado, como ocurre en las personas con VIH, o las que están sometidas tratamientos de quimioterapia, o cursan con asplenia (personas que no tienen bazo); o ser contacto cercano o estrecho con una persona diagnosticada con enfermedad meningocócica. 

Los síntomas pueden variar según la edad, pero por regla general es una situación de inicio brusco, explica González. En adultos y niños se puede manifestar con fiebre alta; rigidez en el cuello (dificultad o dolor al intentar tocar el pecho con el mentón); dolor de cabeza severo; confusión, desorientación o alteración del estado mental; sensibilidad extrema a la luz (fotofobia) o náuseas/vómitos; en algunas ocasiones aparición de manchas rojas o moradas en la piel que no desaparecen al presionarlas. 

En lactantes, en cambio, los síntomas pueden ser: fiebre o hipotermia (temperatura corporal inusualmente baja); irritabilidad extrema, llanto agudo difícil de consolar; rechazo de la alimentación; somnolencia /dificultad para despertar; cambios en el tono muscular (rigidez o flaccidez); en algunas ocasiones abombamiento de la fontanela (en la zona blanda de la cabeza).

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Equipo Prensa
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