Almorzar frente al computador, revisar redes sociales mientras se cena o maratonear una serie con algo para picar son escenas cada vez más comunes. Aunque se trata de hábitos normalizados en la vida cotidiana, especialistas advierten que la presencia de pantallas durante las comidas puede modificar la forma en que las personas se relacionan con los alimentos, afectando tanto la cantidad consumida como la percepción de saciedad.
Según explica María Cristina Escobar, directora de la carrera de Nutrición y Dietética de la Universidad Andrés Bello, sede Concepción, cuando una persona come distraída, deja de prestar atención a señales fundamentales que el organismo entrega de manera natural. “Al concentrarnos en el celular, la televisión o las redes sociales, dividimos nuestra atención entre la comida y el contenido que observamos. Esto puede hacer que comamos de manera automática, sin percibir adecuadamente las cantidades consumidas, los sabores o la sensación de saciedad”, señala.
La nutricionista agrega que esta desconexión favorece que algunas personas terminen comiendo más de lo que necesitan sin siquiera darse cuenta. “No es que la pantalla por sí sola provoque una mala alimentación, pero cuando el hábito se vuelve frecuente, se hace más difícil reconocer cuándo realmente tenemos hambre y cuándo estamos satisfechos”, afirma.
Otro aspecto relevante es la calidad de los alimentos que se consumen durante estos momentos. Escobar explica que las distracciones suelen ir acompañadas de productos de rápida disponibilidad, como snacks, golosinas o bebidas azucaradas. “Cuando estamos viendo televisión o navegando en redes sociales, es más fácil recurrir a alimentos altamente palatables que tenemos al alcance de la mano. Además, la exposición constante a publicidad de alimentos puede estimular el deseo de comer incluso cuando no existe hambre física”, comenta.
Comer solo no significa comer mal
Las transformaciones en los estilos de vida también han provocado que cada vez más personas realicen sus comidas en soledad. Sin embargo, la especialista aclara que esta situación no debe asociarse automáticamente a una mala alimentación. “Comer solo y comer distraído son situaciones distintas. Una persona puede comer sola y mantener hábitos completamente saludables, disfrutar sus comidas y reconocer adecuadamente las señales de hambre y saciedad”, sostiene.
El problema aparece cuando la alimentación se transforma en un trámite apurado entre reuniones, traslados o múltiples tareas. “Muchas veces las personas que comen solas optan por hacerlo rápidamente, frente al computador o acompañadas permanentemente por el celular. Es ahí donde se pierde la atención sobre la comida y aumenta el riesgo de elegir alimentos menos nutritivos o consumir cantidades inadecuadas”, explica la académica UNAB.
Asimismo, enfatiza que nuestro organismo posee mecanismos fisiológicos que regulan naturalmente el hambre y la saciedad, pero estas señales pueden pasar inadvertidas cuando la mente está ocupada en otras actividades. “Comer rápido o distraídos puede impedir que identifiquemos oportunamente cuándo hemos consumido suficiente alimento”, advierte.
Recomendaciones
Frente a este escenario, la nutricionista propone recuperar hábitos sencillos que permitan transformar las comidas en un espacio de bienestar y autocuidado. “Una alimentación consciente no implica seguir reglas estrictas ni dietas complejas. Se trata de volver a prestar atención a los alimentos y a las sensaciones que experimentamos mientras comemos”, afirma.
Entre las recomendaciones, destaca guardar el celular durante las comidas principales, apagar la televisión y elegir un lugar tranquilo para sentarse a comer. “También es importante masticar con calma, reconocer sabores, aromas y texturas. Esto no solo permite disfrutar más la experiencia, sino que también favorece el reconocimiento de la saciedad”, indica.
Otra sugerencia es servir los alimentos en un plato y evitar consumirlos directamente desde envases o paquetes. “Cuando visualizamos las porciones es más fácil identificar cuánto estamos comiendo. Además, conviene mantener horarios relativamente regulares para no llegar a las comidas con hambre excesiva”, añade.
La evidencia científica disponible ha observado que comer habitualmente frente a pantallas puede asociarse con un mayor consumo de alimentos y, a largo plazo, contribuir al aumento de peso. Para Escobar, la explicación está en cómo funcionan nuestros procesos de atención y memoria. “Las distracciones no solo influyen en cuánto comemos en ese momento. También pueden afectar el recuerdo que tenemos de esa comida”, señala.
La especialista explica que la memoria cumple un papel importante en la regulación del apetito. “Cuando no prestamos atención a lo que comemos, podemos recordar con menor claridad cuánto consumimos. Esto puede favorecer que sintamos hambre antes o que aumentemos la cantidad de alimentos en las siguientes comidas”, explica.
Por ello, la directora de Nutrición y Dietética UNAB Concepción concluye que el desafío no es eliminar completamente las pantallas, sino aprender a reservar ciertos momentos del día para una alimentación más consciente. “Comer es mucho más que una necesidad biológica. También es una experiencia vinculada al disfrute, las emociones y el bienestar. Recuperar ese espacio puede tener beneficios importantes para nuestra salud física y mental”, finaliza.
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