Cada cierto tiempo, las redes sociales se llenan de fotos sonrientes, frases bonitas sobre sabiduría y experiencia, y homenajes dedicados a las personas mayores. Sin embargo, cuando pasa la conmemoración, muchas de esas mismas personas vuelven a su rutina habitual: sin visitas, sin llamadas, sin nadie que les pregunte cómo durmieron. La fecha termina, pero la vejez sigue ahí, todos los días del año.

Chile envejece a paso firme, y eso ya no es noticia para nadie. Lo que sí seguimos sin asumir del todo es que esa persona mayor no es una categoría abstracta: es nuestra vecina, nuestro profesor jubilado, la señora que camina sola al negocio de la esquina, nuestro propio padre o madre. Y mientras sigamos tratando la vejez como algo ajeno a nosotros, seguiremos postergando los cambios que realmente importan.

Hay tres procesos que suelen avanzar juntos en la vejez, casi siempre en silencio: el cuerpo pierde fuerza y movilidad, la mente se vuelve más lenta y los vínculos se adelgazan hasta quedar reducidos a visitas esporádicas. Por separado, cada uno parece manejable. Juntos, empujan a la persona hacia una vida cada vez más pequeña, hasta que deja de salir o de intentar cosas nuevas, no porque ya no pueda, sino porque nadie la invitó a seguir haciéndolo. 

Y aquí está lo que la terapia ocupacional lleva años intentando explicar: estos tres procesos no se cuidan por separado. El cuerpo se mantiene fuerte cuando se usa en tareas con sentido, no solo con ejercicios sueltos. La mente se mantiene despierta cuando resuelve problemas reales de la vida diaria, no solo con juegos de memoria. Y ambas cosas dependen, en gran medida, de tener con quién compartirlas.

Una persona que cocina para su familia ejercita manos, memoria y vínculo al mismo tiempo. Una que juega cartas con sus vecinos entrena la mente, mueve el cuerpo y conversa, todo junto, sin que nadie se lo recete como terapia. 

El problema es que, como sociedad, seguimos separando artificialmente estos cuidados: por un lado, la salud física; por otro, la memoria; y por otro, la vida social, como si fueran compartimentos distintos que no se tocan entre sí. Y muchas veces seguimos esperando una fecha especial para acordarnos de que las personas mayores existen y necesitan seguir siendo parte activa de nuestras comunidades.

Por eso, más que esperar una conmemoración para recordarlo, propongo algo que puede hacerse cualquier día del año: elegir a una persona mayor de nuestro entorno y preguntarle, de verdad, qué le gustaría volver a hacer. Tal vez sea cocinar algo que ya no hace sola, caminar hasta una plaza que dejó de visitar o, simplemente, tener una conversación larga sin que nadie mire el reloj.

No se trata de un gesto simbólico de un solo día, sino de un compromiso que se sostenga en el tiempo. Porque la mejor forma de honrar a quienes llegaron hasta aquí no es dedicarles una fecha para mirarlos con cariño a la distancia, sino 365 días decididos a caminar junto a ellos. 

Leidy Lagos Beltran Académica Terapia Ocupacional USS Sede Concepción, Universidad San Sebastián.

 

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